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FOTOGRAFÍA DE GUERRA


 

El Ateneo de Madrid presenta la exposición, ARTURO PÉREZ REVERTE. FOTOGRAFÍAS DE GUERRA 1974-1985, que reúne un pequeño conjunto de imágenes que tomó en los conflictos que cubrió como periodista y fotoperiodista para diferentes periódicos y revistas. Unas fotografías que permanecieron olvidadas durante muchos años tras ser tomadas por el autor. Además, nos presenta las dos cámaras que utilizaba, cartas, salvoconductos, la famosa máquina de escribir, la Olivetti Lettera 32, una radio, un casco y carretes de las cámaras. Durante unos diez años fue testigo de numerosas guerras, localizadas en América, África y Oriente Próximo, en ciudades o en desiertos polvorientos, que en el fondo se trata del mismo conflicto, por eso las fotografías no aparecen datadas o fechadas. Un conflicto que influye en tu mirada de ver el mundo, pues el ser humano aparece despojado de cualquier máscara retórica, y muestra su instinto de supervivencia, a la vez de su capacidad de crueldad, junto con su dignidad.



Las fotografías de Arturo Pérez Reverte, el hoy escritor y académico de la lengua, merecen ser expuestas por su mirada original y su capacidad de captar los instantes más significativos de un momento violento. Podemos observar ciudades arrasadas por las bombas como puntos álgidos de un enfrentamiento con soldados en pleno combate donde el autor estaría inmerso; también periodos de descanso, o más dramáticos en los que los cadáveres yacen amontonados por el suelo. Emplea el plano detalle, lo que indica una cierta voluntad artística y simbólica, como el general. Son atractivas las composiciones, de una o varias figuras. Sin duda, el fragor del combate provocó que algunas imágenes perdieran su nitidez, y entreviesen, a la distancia, la cercanía de la muerte. Demuestra, como dice el autor, que la cámara no es inocente, pues cada fotografía es una elección, un instante, un encuadre, y en su caso, comprobamos lo acertado que estuvo para documentar la realidad violenta.



Junto a la fotografías expuestas el autor escribe algunas reflexiones como que harían esos hombres cuando no tenían un fusil en las manos, y qué harán después; en los soldados jóvenes, los ojos envejecen antes que el cuerpo; también que hay imágenes que ser repiten, niños y hambre, niños y guerra, y niños y muerte; en pleno combate, los pulmones se llenan de humo de pólvora quemada mientras tiraba fotos al azar sin saber el resultado; y finalmente, llega un momento que todos los cadáveres se parecen una barbaridad, y ya tenía suficientes. 



ICONOS DE ROBERT CAPA


El Círculo de Bellas Artes de Madrid presenta la exposición, ROBERT CAPA. ICONS, que reúne unas 250 fotografías y materiales procedentes de la Golda Darty Collection y de los archivos de Magnum Photos. Su recorrido por el visitante supone una experiencia extensa e intensa ante la retrospectiva de este mítico fotógrafo de guerra, fotoperiodista, protagonista de cinco conflictos bélicos esenciales del siglo XX: la Guerra Civil Española, la guerra Chino-japonesa, la Segunda Guerra Mundial, la primera guerra árabe-israelí y la guerra de Indochina, donde moriría prematuramente a los 40 años tras pisar una mina antipersona, pues él siempre creyó que la mejor imagen era la que se tomaba más cerca. Nuestro protagonista nació en Hungría donde se formó en la profesión, luego tuvo que emigrar a Alemania, donde se hizo profesional del medio. La llegada de los nazis al poder le obligó a instalarse en París, donde creó su primer estudio de fotografía en cooperativa con otros fotógrafos como Gerda Taro y David Chim Seymour.






El recorrido de la exposición tiene seis apartados, Capa antes de Capa, 1933-1936; Guerra Civil Española, 1936-1939; II Guerra Mundial, 1939-1945; Últimos reportajes, 1947-1954, que aborda toda su trayectoria como fotógrafo de guerra; y En tiempos de paz, dividido en las secciones: Moda y Turismo; Retratos; Capa en color y la Fábrica de Imágenes. De la misma manera, durante este recorrido, se escogen las fotografías más relevantes que tienen una explicación más profunda, convertidas en auténticos iconos. Tres vídeos completan la visualización total, uno primero donde se presenta una película de España en 1936, donde colaboró; otro, sobre las famosas fotos del desembarco de Normandía; y otro final que recorre toda su obra en color. Capa fue un fotógrafo precoz. Entre sus primeras obras se encuentran las que hizo de Trotsky en 1932. El conflicto español le encumbró junto a Gerda Taro, su pareja. Desde oficina de París, enviaban las fotos que tomaban en nuestro país para revistas como Vu, Regards o Life. 






De la Guerra Civil, se presentan dos fotografías emblemáticas: la Muerte de un miliciano, de la que no se conoce su negativo, solo las copias de las revistas. Una de ellas nos permite afirmar que no fue tomada en Cerro Muriano, sino en Espejo, y parece ser una simulación del combate. Otra, fue la de la casa bombardeada con niños en Vallecas, representada por una copia de la época, como todas las de la exposición. El presentar, a su vez, las revistas, donde fueron publicadas eleva su interés. Las fotos más relevantes de la guerra mundial, fueron las tomadas en el desembarco de Normandía. Unas fotos problemáticas, pues se dijo que tomó unas cien, cuando se han conservado solamente unas once. La explicación más verosímil es que no le dio tiempo a tomar más en medio del violento combate a su alrededor, pues tuvo que retroceder a un barco, tras permanecer media hora en Omaha Beach, el sector más difícil de las playas, y retroceder a la costa inglesa. También por las dificultades de manejar la cámara Contax en un lugar tan inhóspito.






El comienzo de la Guerra Mundial le forzó a emigrar a EEUU junto a su madre y su hermano, dejando gran parte de sus materiales, entre ellos la famosa maleta mexicana, en París. Tras la contienda, en la que participó, desde 1942 en el Norte de África, luego Túnez, Italia, Normandía, y Alemania, donde capturó en Leipzig, otra de sus fotos emblemáticas, la muerte del soldado ametrallador. Sus últimos reportajes fueron en la URSS junto al escritor John Steinbeck, la guerra árabe-israelí, y finalmente el conflicto de Indochina, donde fallecería en 1954. La exposición muestra las fotos que hizo en los arrozales donde caminaba junto al ejército, minutos antes de pisar una mina. Llevaba dos cámaras, una con un carrete en blanco y negro y otro en color, técnica que empezó a utilizar desde los años treinta. Los reportajes de guerra, por aquella época, no eran los más importantes para él, se dedicaba, tras fundar la Agencia Magnum en 1947, y escribir sus memorias de reportero, a la fotografía de moda, cine y retrato, que muestran un fotógrafo vitalista y cultivador de la amistad de actores como Ingrid Bergman y artistas como Picasso o Matisse. Fue testigo de una época que vivió con intensidad.
 




UN SIGLO DE LA CÁMARA LEICA


 

El Centro Cultural de la Villa, Fernán Gómez, presenta la exposición, LEICA. UN SIGLO DE FOTOGRAFÍA, que forma parte de los actos conmemorativos de los cien años desde la presentación de la cámara Leica I en la Feria de Leipzig de 1925. Una cámara inventada por el técnico y fotógrafo aficionado, Oskar Barnack, y fabricada en serie por el empresario Ernst Leitz, asumiendo un riesgo importante que resultó provechoso, pues supuso una revolución en el medio desde ese momento, al utilizar una película de 35 mm, horizontal. Los pesados aparatos pasaron a ser ligeros y portátiles para captar la realidad de la calle y cualquier acontecimiento relevante que sucediese. Por estas razones, y por la calidad de las imágenes resultantes, en imprescindible para los grandes fotógrafos del siglo XX, hasta nuestros días. Aquellos que buscaban reflejar un instante afortunado, o la crudeza de los enfrentamientos bélicos.



Sabemos que fue la cámara empleada por Robert Cappa, Agustí Centelles y Antoni Campaña, en la Guerra Civil española, de la que la presente exposición muestra dos imágenes icónicas. Fue, por tanto, esencial, para el fotoperiodismo contemporáneo que se abría paso por aquellas fechas. Los fotógrafos españoles de posguerra, igualmente la emplearon, como Oriol Maspons, Joan Colom, Ricard Terré, Gabriel Cualladó, Gonzalo Juanes, Alberto Schommer, Ouka Lele, Cesar Lucas, Navia, Paco Gómez, Alberto García-Alix, y un largo número de ellos de los que se muestran imágenes. Lo mismo podemos decir de los maestros internacionales, con fotografías icónicas de Elliott Erwitt, Sebastiao Salgado, René Burri, Steve McCurry, Bruce Davison, Joel Meyerowitz, y Alberto Korda, entre otros, representado por el retrato más famoso del Che Guevara.



La presente exposición se organiza en distintas secciones temáticas, desde las primeras imágenes del archivo de la marca, hasta mostrar imágenes de la gente, la sociedad, la calle, el paisaje, o la mujer. Una sala específica está dedicada a los distintos modelos y aportaciones realizadas por Leika a lo largo de la historia. Una cámara gigante es el centro de la misma. En un lateral, los distintos modelos que salieron al mercado hasta la actualidad. En la pared del fondo nos cuenta su desarrollo. Sabemos que sus innovaciones aparecen recientemente en las cámaras de los móviles, y como complementos de otras marcas proporcionando un prestigio añadido, que como sabemos, ha sido labrado a través del tiempo, desde hace cien años, añadiendo fiabilidad y prestigio, para una cámara de alta gama.



LA FOTOGRAFÍA DE MARISA FLÓREZ


 

La sala Canal de Isabel II presenta la exposición, MARISA FLÓREZ. UN TIEMPO PARA MIRAR (1970-2020), que reúne un conjunto de 184 fotografías de esta fotógrafa y editora en un amplia trayectoria, que se inició en el diario Informaciones, para desarrollarse principalmente en EL PAÍS. Su labor profesional, que ha sido premiada a lo largo de los años, nos permite conocer un periodo extraordinario de la historia de España, al comienzo de la democracia, durante las primeras legislaturas. También los acontecimientos más significativos; los cambios y reivindicaciones sociales, y su principales protagonistas. Participó de aquellos hechos de nuestro pasado y se involucró con sus hacedores. Fruto de ello han sido numerosas imágenes icónicas que han pasado al acervo de una realidad vivida, como aquellas que retrataron  a la generación del rey; al encuentro entre el alcalde Tierno Galván y la actriz Susana Estrada, mostrando un pecho; o las que retrataban a un grupo de mujeres en la cárcel de Yeserías.



La exposición se organiza según los pisos en los cuales se distribuye. En el bajo, un espacio se dedica a su trayectoria profesional; y otros a diversos contenidos como el que representa a la llegada de las libertades con sus primeras manifestaciones; las referidas a la Casa Real; o a personajes como Lola Flores tras ser condenada por fraude fiscal, o al torero madrileño, José Tomás. Un capítulo especial corresponde a las primeras Cortes, que reunía a muchos personajes que habían estado en el exilio, resumen de las dos Españas, que una vez se enfrentaron en la Guerra Civil, y ahora se reencuentran para construir un régimen democrático. Marisa Flórez retrató a los políticos en busca del necesario consenso, hoy impensable en medio de una fuerte polarización, en la cafetería o charlando en los pasillos. Complementarios son los conjuntos dedicados a Dolores Ibárruri, La Pasionaria, como diputada y miembro del Comité Central del Partido Comunista; o el dedicado a los presidentes del Gobierno.



La sociedad española cambió progresivamente en estos años, según se producían acontecimientos importantes, y se aprobaban nuevas leyes que ampliaban las libertades. La cámara de Marisa Flórez nos documenta las manifestaciones por el derecho al aborto. También, los numerosos atentados terroristas de la época. Su fotografía sobre el asesinato del comandante Ynestrillas, con su coche con las puertas abiertas y los cuerpos en los asientos tumbados, resulta impactante. Por otra parte, su cámara dio importancia a los artistas, cantantes, directores y actores que protagonizaron esa época. Desde Luis Buñuel hasta Pedro Almodóvar. No podía faltar el regreso de una de las obras de arte más emblemáticas, y necesarias, El Guernica de Picasso, que requería de unas condiciones estrictas para su vuelta. Marisa Flórez nos documentó su llegada en avión con la autoridades esperando, hasta su depósito, enrollado primero, luego exhibido encerrado en una urna en el Casón del Buen Retiro.



La mayoría de las fotografías de la exposición son en blanco y negro, aunque hay un conjunto en color, principalmente de gran tamaño. Unas imágenes que nos informan de la variedad temática que abordó a lo largo de su carrera. Documentó, como fotoperiodista, acontecimientos significativos, centrados en los personajes. Sus retratos son magníficos, muy empáticos. Combina la sencillez con la fuerza expresiva, mediante la utilización de diversos planos, desde el primero hasta el general. Busca, muchas veces, un significado suplementario al de la propia imagen, al combinar distintos elementos. Por ejemplo, el presidente Adolfo Suarez, solo acompañado de una hilera de escaños vacíos; Felipe González de espaldas frente a un espejo; Blas Piñar, dirigente ultraderechista, pasa cerca de los diputados comunistas encabezados por Santiago Carrrillo, o el ataúd de Dolores Ibárruri portado por el que sería secretario general del partido, frente al los carteles de la dirigente fallecida.


LA FOTOGRAFÍA DE WEEGGE


La Fundación Mapfre de Madrid presenta la exposición, WEEGGE. AUTOPSIA DEL ESPECTÁCULO, que reúne unas cien obras y distintos materiales sobre el fotógrafo, Arthur H. Fellig, de ese apodo, proveniente de la palabra, ouija, médium, pues sabía adivinar dónde se producirían mortales sucesos en la noche neoyorquina y captarlos de una forma especial. Su obra tiene dos etapas, una entre 1930 y 1940, como fotoperiodista de la prensa sensacionalista, que le proporcionó fama, y otra, desde 1948 hasta su fallecimiento, después de su traslado a Hollywood, cuando se dedica a la caricatura de las estrellas de cine. La exposición pretende unir ambas bajo un mismo propósito, mostrar la sociedad del espectáculo que se estaba desarrollando en aquella época, y su crítica, anticipándose, se ha dicho, a la Internacional Situacionista e inauguraba una modalidad visual. Weegge provenía de una familia judía ucraniana emigrada a EEUU a principios del siglo XX, lo que le hizo sensible a los más desfavorecidos. 






La exposición, de esta manera, recoge sus dos etapas fundamentales, unidas por una perspectiva común de mostrar y criticar la sociedad de su tiempo. En la primera, la que le hizo famoso y pudo permitirle llevar una vida holgada, se dedicó al fotoperiodismo vendiendo imágenes a la prensa sensacionalista de los sucesos más llamativos de la noche neoyorquina. Llegaba a la escena del crimen muy poco después de haberse cometido el siniestro ayudado por una radio conectada a la emisora de la policía. El resultado fueron imágenes de cuerpos ensangrentados tirados en callejones o en plena calle, fruto del enfrentamiento entre bandas criminales, a veces rodeados por los detectives analizando la situación. Pero el autor no se limitó a estos hechos, sino se ocupó, igualmente, de accidentes de coches, y sobre todo, de los incendios en los precarios edificios de aquella época.






Weeggee afirmó en algún momento que no pretendía lanzar un mensaje con sus fotografías de sucesos, pero de su análisis, la exposición demuestra otras pretensiones. Por una parte, captura el momento que los presos bajan del furgón o esperan a ser encarcelados por la policía, algunos se tapan la cara, otros se muestran más a propósito, vestidos de mujer, la causa de su detención. Por otra, captura además, a los mirones de esos sucesos como protagonistas, incluso fuera de campo. También a los propios fotógrafos de otros medios que han llegado, así mismo, a modo de autorretratos narcisistas con su cámara. También de aquellas personas con los trabajos más humildes o sin hogar, de enanos y saltimbanquis. Según su opinión, su mejor fotografía fue una preparada en un estreno de la Metropolitan Opera House, donde colocó a una mujer de los barrios populares en la entrada de la función de gala. De la misma manera, le gustaba las imágenes de las multitudes como las masas de bañistas en Coney Island.






La cámara influye en la expresión de los retratados. Los paraliza y abandonan la naturalidad del rostro. Para ello, Weegee, fotografió en la oscuridad a la gente dentro de los espectáculos empleando una película infrarroja. El resultado es una serie de ellos con las pupilas dilatadas. Finalmente, el autor, se cansó de realizar fotografías de sucesos, de gánsteres muertos, accidentes de coches e incendios. Se trasladó a Los Ángeles, y en la meca del cine, se centró en fotografiar las estrellas, el star system, no para hacer una crónica amable, sino para caricaturizarles, burlarse de su imagen. Para ello empleo su llamada lente elástica, que deformaba el rostro del artista. Creó, así, la fotocaricaturas, abandonando definitivamente su trabajo en la crónica de sucesos.





MADRID EN LOS AÑOS 60


 

El Museo de Historia de Madrid presenta la exposición, MADRID AÑOS 60. LA MIRADA DE ALCOBA, que reúne un conjunto de 250 fotografías tomadas en aquella década por este fotoperiodista en su primera etapa profesional. Además se incluyen algunos objetos de su colección personal, publicaciones, vestidos, carteles y organillos para ambientar las imágenes. Antonio Alcoba empezó a trabajar muy joven como botones en el diario Arriba. José Pastor, fotógrafo del periódico le introdujo en este mundo que no abandonaría. Una trayectoria que le hace depender muchas veces de la aceptación por parte de los medios de sus instantáneas tomadas en la calle como free-lance. Sus imágenes aparecieron en otras cabeceras como Pueblo, Informaciones y en revistas como Triunfo. Finalmente fue contratado en el periódico deportivo As. Desde ese momento empezaría a estudiar hasta llegar a ser profesor de la Universidad Complutense, compartiendo su tiempo entre la prensa y la docencia.



Una parte de su archivo, bien clasificado por el autor, fue adquirido por el propio Museo de Historia. La exposición proviene de una selección del mismo. Se ha dicho que fue un fotógrafo deportivo, calificativo que desmiente esta muestra, que por su cronología de finales de años cincuenta y la década de los sesenta, tiene un interesante valor documental, a la vez, que podemos destacar la mirada peculiar del fotógrafo. Del recorrido de la exposición, que empieza con una sección dedicada al autor, donde se muestran sus cámaras y algunos de los premios recibidos, el visitante se puede transportar a un Madrid casi desaparecido. Una capital bajo la dictadura franquista, que trata de renovarse con multitud de obras públicas aprovechando la bonanza económica del desarrollismo y la apertura del Régimen. Todavía se ven las huellas del mundo rural en la periferia cercana al centro urbano, así como la convivencia entre transporte con animales y vehículos. Lo mismo se puede decir de las actividades económicas, unas propiamente modernas, los grandes almacenes, y otras antiguas, con oficios humildes como aguadores, paragüeros, aparcacoches, traperos y afiladores. Un conjunto de imágenes en blanco y negro que muestran de todas formas un tiempo de silencio impuesto a la sociedad por la naturaleza no democrática del régimen político.



Antonio Alcoba captó con su cámara imágenes de acontecimientos oficiales como los desfiles militares conmemorativos; los recibimientos de personalidades extranjeras, como los astronautas que en 1969, llegaron a la Luna; los rodajes cinematográficos producidos por los norteamericanos que hicieron de la ciudad un gran plató, ocupando el parque del Retiro; también una urbe llena de contrastes, la rica y la pobre, en el centro y la periferia, de elevados edificios y casas bajas. Madrid, por otra parte, se llenó de obras por aquellos años. Se transformó para abrir sus calles al tráfico rodado. De esta manera se fueron quitando los tranvías, los bulevares, y se construyeron aparcamientos subterráneos, así como, los puentes elevados o scalextric, siendo el más famoso el de Atocha, afortunadamente desmontado en los años ochenta. El fotógrafo capta a las gentes en las mas diversas actividades: de fiesta en las calles según la época del año; en las primeras salas de diversión de la Gran Vía; esperando entrar a sus numerosos cines; en el Parque de Atracciones recién inaugurado; otras descansando o en pleno trabajo; los niños y jóvenes jugando al aire libre; o la muchedumbre bañándose en la piscina del Parque Sindical. 



Las paredes de la exposición recogen frases de las canciones de artistas de la época, Karina, Raphael o Los Bravos, que colaboran en la ambientación de las fotografías. Un tocadiscos y algunas portadas de discos complementan el recorrido. Así, se llega a la última sección, dedicada a los deportes, donde Antonio Alcoba demostró su maestría, y una especial afición, hasta llegar a ser portador de la antorcha olímpica en los juegos de Barcelona 1992. Otras imágenes de los años sesenta retratan al famoso locutor, Matías Prats y los más diversos deportes desde el baloncesto y el fútbol, hasta el hockey sobre ruedas y el frontón. Termina el recorrido con dos obras de gran tamaño: una fotografía ampliada  de una gimnasta que parece saludar con la pierna levantada en pleno ejercicio al escudo del yugo y las flechas de la dictadura en segundo plano, y un gran mapa de Madrid de 1961.La opinión que aquel periodo se podía resumir como la España del seiscientos, en esta exposición se puede ratificar, con uno de sus modelos a la puerta del museo.


UN VIAJE APOCALÍPTICO




 El mundo actual está lleno de peligros e incertidumbres. Dos guerras activas en las puertas de occidente; polarización política entre bandos irreconciliables en muchos países; golpes de Estado en zonas subdesarrolladas; la extensión de gobiernos dictatoriales o autocracias que no respetan los derechos humanos y hacen uso de la violencia, y deterioro del medioambiente fruto del cambio climático. Podría suceder en el futuro el hundimiento político de EEUU, el llamado líder del mundo libre, y que la mayor democracia, se convirtiese en una dictadura, como ha dejado entrever el mandato de Donald Trump, hoy acusado de decenas de delitos. Nos lo cuenta la película, CIVIL WAR, escrita y dirigida por el británico, Alex Garland, que en una suerte de distopía, los EEUU sufren una cruenta guerra entre el gobierno central y dos estados secesionistas, entre otras fuerzas insurgentes.






El presidente está refugiado en la Casa Blanca y proclama en los medios de comunicación las ideas que tal vez les han llevado a la violencia. La superioridad y las esencias de la nación frente a la invasión extranjera. Las llamadas Fuerzas del Oeste constituyen un auténtico ejército bien pertrechado, junto a grupos insurgentes de civiles armados que se han hecho con casi todo el país. El ejército gubernamental apenas tiene la ciudad de Washington. Ambos bandos, los secesionistas y el gobierno se enfrentan de manera despiadada, eliminando a sus enemigos sin hacer prisioneros como alimañas. Los protagonistas, Lee, una célebre fotógrafa; Joel, un periodista, se dirigen a la capital para hacer una entrevista al presidente. Les acompaña Sammy, un veterano articulista, y Jessie, una joven fotógrafa. En un largo viaje de más de mil kilómetros van a comprobar el rigor y la violencia de la guerra, a modo de una road movie trágica. Las carreteras muestran las huellas del desastre con coches quemados en medio de las vías. Fusilamientos de los prisioneros y asesinatos a sangre fría.






Los protagonistas se inclinan con las fuerzas secesionistas, dos estados y dos estrellas de una nueva bandera. Participan en los combates junto a ellas y son más respetados, frente a los soldados gubernamentales, racistas y xenófobos, que no aceptan los derechos humanos. De esta manera, llegarán a Washington, sumida en el caos, cuando las Fuerzas del Oeste están apunto de asaltar la Casa Blanca. Constituye la última secuencia de la película. Un intenso combate de asalto lleno de explosiones y tiroteos, donde al final, entran en el edificio, fotógrafos y periodistas junto a los secesionistas, y tras un intenso combate con el servicio secreto en las habitaciones, abaten al Presidente, que aparecerá en la última imagen de la historia como un logrado trofeo. Lee no sabía que libraba su última batalla como reportera de guerra, al salvar la vida a la joven Jessie, que intenta captar una foto arriesgada, en medio del enfrentamiento. 





La película resulta atractiva por el argumento. La posibilidad de una guerra civil en EEUU, una idea del todo demasiado ficticia hace unos años, como hemos dicho, pero asumible en estos tiempos de polarización política encarnado en la figura extremista de Trump. También, desde el punto de vista formal, donde priman las imágenes sobre el contenido, más centrado en la vivencia humana de los protagonistas. Unas imágenes alusivas, indirectas, que no se recrean con la acción violenta, sino que la critican. Un ritmo cinematográfico pausado, pero intenso, que atrae sobremanera a cualquier espectador. En un entorno visual escogido, de gran belleza, a pesar del drama narrado, tanto en escenas bien iluminadas, como nocturnas.

VICTIMAS DE LAS MINAS ANTIPERSONA


 

El Círculo de Bellas Artes de Madrid exhibe al público la exposición, VIDAS MINADAS 25 AÑOS. GERVASIO SÁNCHEZ, que reúne alrededor de un centenar de fotografías con textos informativos sobre ocho víctimas de otros tantos países del mundo elegidas al azar por el fotógrafo víctimas de las minas antipersona. Corresponde a un proyecto iniciado en 1995 sobre las consecuencias que les han provocado la explosión de estos artefactos de guerra. A diferencia de sus acompañantes, la mayoría de las veces parientes cercanos que murieron, ellos sobrevivieron, y sufrieron atroces amputaciones de sus miembros. Este tipo de armamento fue prohibido por el Tratado de Ottawa de 1997, pero las consecuencias todavía perduran. Las minas permanecieron en los campos y los pueblos tras los conflictos y siguieron cobrándose víctimas. La exposición nos muestra la trayectoria de un grupo de ellas desde la década de los noventa, y cómo la mayoría, han logrado rehacer sus vidas y tener una familia con grandes dificultades. 




Las ocho víctimas proceden de países de cuatro continentes: Angola y Mozambique, de África; El Salvador, Colombia y Honduras, de América; Afganistán y Camboya, de Asia; y Bosnia, de Europa. Nos informa del uso amplio de estas armas cuyas afectados principales pertenecen a  la población civil. Podemos hacernos una idea de ellas con una imagen que se expone en la muestra. Gervasio Sánchez ha mantenido el contacto con las víctimas a través de los años. Les ha fotografiado en cada etapa de su vida desde que les encontró en algún hospital o institución de ayuda. La presente exposición del Círculo nos muestra cronológicamente su evolución y los cambios en sus vidas, algunas desarrolladas en ambientes difíciles desde el punto de vista económico y familiar. En todas se observa que han podido salir adelante superando las consecuencias de las minas o de los abusos sufridos. 



El trabajo de Gervasio Sánchez, por tanto, ha sido encomiable. No sólo se ha limitado a documentar las consecuencias de las minas en la población civil, sino también ha empatizado, ha dado nombre a sus víctimas, cuyo contacto ha mantenido a través del tiempo. De esta manera, ha hecho que los visitantes, igualmente, nos sintamos partícipes del proyecto; comprendamos mejor la tragedia que provoca estas armas, y nos sensibilicemos con sus víctimas. La guerra es un sinsentido para el ser humano. Todos somos perdedores. La exposición en el Círculo es una demostración de ello. Los ejemplos de Joaquina Natchilombo, Sofía Elface Fumo, Sokheurm Man, Medy Ewaz Ali, Adis Smajic, Justino Pérez, Manuel Orellana, y Mónica Paola, claman por su vida truncada y el fin de la violencia de la guerra.



UNA IMAGEN REAL DE LA MUJER


 

El Círculo de Bellas Artes de Madrid organiza la exposición, ANTIFÉMINA. COLITA, una muestra sobre el libro que la fotógrafa catalana junto a María Aurelia Capmany publicó en 1977 en plena Transición. Empleaba textos de la escritora e imágenes tomadas de sus numerosas colaboraciones con publicaciones, y aquellas captadas de la calle en un momento fundamental de la historia del país previa al fin de la dictadura franquista, entre 1962 y 1975. Reivindicaba la situación marginal de la mujer, relegada al hogar, a las llamadas sus labores, la cocina y la limpieza de la casa o a coser. La situación de la mayoría, frente a un reducido grupo al que se podía adjudicar el adjetivo de femenino. Fue un libro feminista de dos mujeres comprometidas con la igualdad, aunque las fotografías fueron tomadas como reflejo de una sociedad. 



El libro fue publicado en la Editora Nacional con tres mil ejemplares, tras ser rechazado por otras editoriales. Los cambios en la dirección de la misma y su contenido en favor de la igualdad, causaron su retirada de las librerías. En 2021, fue nuevamente editado, y ahora en forma de catálogo de la presente exposición. Las fotografías de la publicación se pueden ver expuestas, organizadas en pequeños apartados con textos. Aluden a la soledad de la mujer en la niñez y en la vejez; a su destino en el matrimonio para tener descendencia; al trabajo en el hogar principalmente, pues es el hombre el que hacer un trabajo con mayúsculas; a aquellas mujeres disfrazadas, como las bailarinas de los desfiles festivos; unas mujeres que acosan en la vida diaria a través del piropo; otras, refugiadas en la religión y apartadas en los conventos.



Colita presenta en otros apartados a mujeres especialmente marginadas, las prostitutas ejerciendo una profesión arriesgada, o a las mujeres gitanas con fotografías captadas en el barrio de Somorrostro. La sociedad patriarcal de consumo se focaliza en el cuerpo de la mujer, que resulta troceado a la vista del espectador, hasta convertirse en cosa como lo interpreta una modelo de moda. Un espacio de la exposición se centra en las autoras. Nos da a conocer sus biografías. Una comprometida con el feminismo desde la izquierda; la otra, su formación entre los más insignes fotógrafos de su generación, y luego compañeros, que reflejaron las turbulencias políticas y sociales de los setenta. Luego, una recapitulación de sus numerosos trabajos en revistas y libros de fotografía. Finalmente, una entrevista realizada en la época, que nos explica la historia y los objetivos de aquel libros, ahora nuevamente recordado en un ejercicio sincero de memoria.




LA FOTOGRAFÍA DE JORDI SOCÍAS


 

La Sala Canal de Isabel II organiza la exposición, JORDI SOCÍAS. AL FINAL DE LA ESCAPADA, una muestra sobre la obra de este fotógrafo y editor de prensa barcelonés, casi autodidacta, proveniente de la clase trabajadora, entre 1973 y 2023. Una trayectoria de 50 años presentada al visitante de manera sencilla y clara. De entrada, las características centrales del autor: la calle, el retrato, el mundo de la cultura y París, ciudad que le enseñó su medio, además de ser el objeto de su arte. Aprendió estudiando sus libros a maestros como Richard Avedon, Robert Frank o William Klein. Al lado nos muestra su obra, su participación en revistas como Cambio 16, El País Semanal y El Europeo. Además, el cine está presente desde su inicios. Un medio que se transformó desde la obra del director Jean Luc Godard, Al final de la escapada, el afortunado título en español de la película que le dio a conocer, y que da nombre a la presente exposición.



Socías, por medio de su cámara, fue testigo personal de un periodo clave de la historia de España, de los cambios producidos por la Transición política a la democracia y sus progresivos avances. Se centró en el mundo de la cultura, del cine, la literatura, la música y las artes plásticas. En el primer piso nos muestra sus comienzos en el barrio de Bellvitge de la capital catalana. Las fotografías de calle captando acontecimientos fundamentales de la actualidad de nuestro país, como la matanza de los abogados de la calle Atocha, o el Golpe de Estado del 23F. Hace fotografía periodística, pero a la vez, con un valor artístico en sí mismo. Utiliza principalmente el blanco y negro, como era lo común en aquella época, pero sus imágenes se exponen de manera particular, formando dípticos. Además vemos repetido el empleo del formato grande, muy de agradecer para el visitante.






La segunda planta expone su espectaculares retratos del mundo del cine: actores y actrices, directores, españoles y extranjeros, y escritores. Deducimos su cercanía y amistad con algunos de ellos. Fue testigo de la llamada Movida madrileña. Captó la imagen de Antonio Banderas colgado del anuncio del cine Fantasio de Madrid; varias imágenes de Almodóvar, de Bardem, Penélope Cruz, Fernando Trueba, o del actor Benicio del Toro. La primera imagen, el plano detalle del rostro de Dalí, también un desnudo que alude al famoso cuadro de Courbet, porque los artistas plásticos también tienen un capítulo en esta serie de retratos. Finalmente, el tercer piso, alude a su faceta de observador del mundo, articulada a través de sus numerosos viajes con fotos callejeras, relacionadas muchas veces con acontecimientos globales, como el desastre de Fukushima. También, con la faceta de su participación en numerosas películas y series de televisión. Entendemos, así, la obra de Jordi Socías, un medio de comprender y construir a través de la cámara la realidad que vivimos, para dar testimonio de la misma a la sociedad con un sentido documental y periodístico, por otro, artístico, pues es fruto de su propia creatividad.



LA FOTOGRAFÍA DE LOUIS STETTNER


 

La Fundación Mapfre de Madrid organiza la exposición, LOUIS STETTNER, una amplia retrospectiva de la larga trayectoria del fotógrafo norteamericano, que reúne unas ciento noventa imágenes, publicaciones y un vídeo. Por primera vez se realiza una muestra tan amplia de su obra que reivindica su figura como uno de los artistas fundamentales de la postguerra. Fue en el conflicto bélico mundial cuando se inició en este arte. Le influiría decididamente para desarrollar una fotografía con perspectiva humanista, de captar al ser humano esencial presente en la gente común. Tiene en cuenta al escritor, Walt Whitman, cuya obra Hojas de Hierba, llevaba siempre en su bolsillo, fuente de inspiración para encontrar la belleza en la vida cotidiana. Por otra parte, fue un artista que pretendía un cambio social, de planeamientos marxistas. Perteneció a la Photo League, donde fue uno de los profesores más jóvenes y amigo de Weegee y Sid Grossman. 



Sus imágenes son capturas de un instante feliz o bello, principalmente de la vida urbana. Se ha dicho que su obra se encuentra entre la fotografía de calle norteamericana y el humanismo lírico francés, Así se observa en su producción entre sus dos ciudades emblemáticas, Nueva York y París. En la capital francesa completó su formación, y captó las calles vacías después de su liberación. Desde ese momento comenzaría su idilio con la ciudad, en la estela de Brassaï, que perduraría a lo largo de su vida, hasta incluso instalarse a partir de 1990. Volvería, de todas las maneras a la Ciudad de los Rascacielos, para interesarse, igualmente, por sus gentes, especialmente en el metro o en la Penn Station. Llama la atención sus fotografías de personas dormidas en la calle, en los parques, cansadas por el trabajo, otras interactuando visualmente con las construcciones. Las sombras, a veces, son elementos esenciales, en ángulos aberrantes o inclinados.



Fue un escritor prolífico sobre fotografía, principalmente en la revista Cámara 35, crítico con otros autores. En una serie de obras, se muestra especialmente comprometido en la defensa de los trabajadores en plena tarea dentro de las fábricas donde llevó su máquina para retratarles. Fábricas de textiles, de coches, a los pescadores en la española isla de Ibiza, porque el autor no se limitó a estar entre País y Nueva York, sino que visitó otros países europeos. Realizaba fotografías robadas donde la persona no posaba. Para ello, hacía que manipulaba la máquina de visor superior, sin necesidad de ocultarla. En este sentido es curiosa la serie de Nancy, una beatnik del Greenwich Village, a la que siguió durante cinco días, a finales de los años cincuenta. Su obra fue principalmente en blanco y negro, aunque en la primera década del 2000, experimentó con el color. En las últimas fotografías, ya mayor, acompañado de su familia, se ocupó de la naturaleza durante los veranos en Les Arpilles, unas imágenes que la representan en toda su belleza y paz.


JOANA BIARNÉS, FOTÓGRAFA DE MODA


 

La Sala Canal de Isabel II organiza la exposición JOANA BIARNÉS. MADRID/MODA A PIE DE CALLE, dedicada a los reportajes de moda de la fotógrafa nacida en Terrassa, realizados en Madrid entre 1962 y 1972. Incluye más de un centenar de fotografías que muestran una de las facetas más importantes en su trayectoria como fotoperiodista. Una profesión que se inició en el ámbito familiar, pues su padre se dedicaba a la fotografía de deportes, para completar, luego su formación como periodista. De esta manera, hizo sus primeras fotos captando imágenes de futbol, y tomó contacto con la realidad social en las inundaciones de Terrassa. Ser una mujer le supuso tener que enfrentarse a situaciones chocantes en plena dictadura, pero de todas las maneras pudo salir hacia adelante y labrarse una carrera, un prestigio como profesional que ahora se recuerda, cinco años después de su muerte.



Fue testigo de la evolución de la sociedad franquista en la capital española. Siempre se recuerda la anécdota que fue la única fotógrafa que pudo entrar en la habitación de los Beatles cuando vinieron a nuestro país. Sin embargo, estuvo muy implicada en el sector de la moda, no sólo como reflejo de las nuevas tendencias, sino comprometida con su evolución, participando de forma profesional. Fue partícipe de la evolución de la llamada alta costura al estilo pret-à-porter. Influyó para traer a España las innovaciones de Mary Quant y Paco Rabanne, con mayor o menor éxito, para apoyar a los modistos madrileños. como Antonio Nieto, Pedro Rodríguez, Juanjo Rocafort y Elio Berhanyer. A ello contribuyó su trabajo en el diario Pueblo, que tenía un suplemento de moda los miércoles. Esta circunstancia le permitió entrar en todos los salones donde concurrían los miembros más elegantes de la sociedad madrileña, que le permitieron captar imágenes de Carmen Polo o por la entonces princesa Sofía.



Su estilo fotográfico trata de capturar el instante afortunado, que demuestra su talentosa mirada. Una mirada que se fundamenta en la naturalidad y en expresar la igualdad respecto a la mujer retratada, no la posesión como otros fotógrafos masculinos. Observamos en sus imágenes de moda una especial originalidad al situar a las modelos en la misma calle, por el que los vestidos entran en el ojo del espectador contextualizados. La influencia hippy, manifestada en la moda Adlib, desarrollada sobre todo en las Islas Baleares, pondría fin a una época, también relacionada con su propia trayectoria. Joana Biarnés dejó el diario Pueblo para fundar una agencia fotográfica. Luego se retiraría de la profesión a mediados de los años ochenta en Ibiza, para volver con la mirada puesta atrás, al final de su vida.