Mostrando entradas con la etiqueta fotografía artística. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta fotografía artística. Mostrar todas las entradas

LA FOTOGRAFÍA DE VIVIANE SASSEN


 El Centro Cultural Fernán Gómez presenta la exposición, LUX Y UMBRA. VIVIANE SASSEN, una amplia retrospectiva sobre la obra de esta artista holandesa, centrada en el ámbito artístico como en el de la moda. De esta manera, queda registrada toda su trayectoria a través de sus series y proyectos, que arrancan en África, el continente donde pasó su infancia, que le marcaría decisivamente en la captación de los tipos humanos, y en elementos fundamentales de su estética, como la luz y la sombra, así como en los colores vibrantes. El conjunto se compone de fotografías, así como de collages y vídeos. Además, utiliza la pintura para retocar las imágenes. Presenta, igualmente, videoinstalaciones de gran tamaño, para las que las salas del centro cultural, son las más adecuadas. Por otra parte, la artista tiende desde sus inicios, al tratamiento de los temas desde el juego, la ambigüedad y el misterio, que la hacen próxima al surrealismo.




Sus temas aluden a la naturaleza, a la muerte, al deseo y al anhelo de conexión, mostrados en un territorio intermedio entre lo cotidiano y lo insólito, desde la realidad hasta alcanzar la abstracción.  El recorrido se inicia con sus series de inspiración africana, aquellas que realizó en Surinam, también las expuestas en la Bienal de Venecia de 2013, donde destaca la denominada Umbra, en la que explora el concepto de sombra, un elemento central en su obra, tanto desde el punto de vista estético como conceptual. La sombra, lo oscuro o sin luz, se convierte en un medio poético para abordar sus temas preferidos como la memoria, el deseo, el miedo y la imaginación. Unas veces adquiere significado al ser un espacio paralelo a la figura iluminada, otras interactúa con ella, como si se disputase la propia existencia. En algunas obras, se vale de la misma poesía recitada como complemento de la imagen visual, como en Hurtling, en otras, establece un diálogo con los conceptos filosóficos, como en Modern Alchemy.





Un encargo peculiar fue el realizado por el Palacio de Versalles para la exposición, Visible invisible, presentada en el Dominio Trianon, titulado, Venus y Mercurio, sobre aquellas historias íntimas de la corte francesa de los siglos XVII y XVIII; historias repletas de erotismo, juegos de poder, transgresiones de género, enfermedad y muerte; historias no contadas, mostradas, sobre todo, en una videoinstalación de sus fotografías junto a la interpretación de poemas, en la que juegan un papel fundamental, la manipulación de los espacios y las esculturas del palacio. Otro apartado destacado del recorrido corresponde a la relación de Sassen con el surrealismo, centrado en tres series: Of Mud and Lotus, Cadavre Exquis y Modern Alchemy, sin duda, la faceta más experimental de su obra, que nos invita a imaginar nuevas maneras de percibir nuestra relación con el mundo. Por otra parte, la artista pensó dedicarse al principio de su formación al diseño de moda antes que a la fotografía, pero ese gusto nunca lo abandonaría al trabajar durante treinta años para las más importantes casas de moda, a las que puso a su servicio, su infinita creatividad y expresividad.





Tres series finalizan el recorrido. Tienen en común que se centran en lo femenino, en el cuerpo de la mujer, el de la misma Viviane, que fue modelo en su periodo de formación en el apartado Autorretratos, o en colaboración con otras artistas, Roxane II, junto a Roxane Danset, y en Frau Holle,  con Emmeline de Mooij, en la que están presentes una reflexión sobre el paso del tiempo y el envejecimiento, el juego y el placer, y sobre todo, constituye una celebración de la amistad y una reafirmación de las mujeres, libre de excusas. 




RETRATOS DE LA CLASE TRABAJADORA DE RICHARD AVEDON



La Fundación Mapfre presenta la exposición, RICHARD AVEDON, IN THE AMERICAN WEST, 1979-1984, que reúne por primera vez en Europa, la serie completa de 110 fotografías que componen el libro de su mismo título, publicado en 1985, uno de los más importantes del siglo XX. Un proyecto llevado a cabo en la primavera y el verano durante cinco años que le supuso visitar 21 estados, y trabajar, con un grupo de ayudantes y una cámara de gran formato con trípode, a la manera de los fotógrafos ambulantes o itinerantes antiguos. El autor era, por aquella época un artista relevante, con exposiciones en las mejores instituciones culturales del país, y fotógrafo oficial de las portadas del Vogue, que tomó la decisión artística de pronunciarse sobre la situación social del país, golpeado por la crisis económica y las políticas neoliberales del presidente Reagan. Para ello decidió retratar a la clase trabajadora, a los marginados de una supuesta riqueza y poder de determinadas clases y poderes económicos, siguiendo una iniciativa del Amon Carter Museum de Fort Worth, Texas.



La exposición se compone a partir de las copias de referencia base de las imágenes del libro y las que fueron expuestas en el museo. Proceden de la colección de la Richard Avedon Fundation y se presentan de forma lineal y según su aparición en el libro. Presentan una apariencia sencilla de retratos frontales, con luz natural sobre un fondo blanco, como aquellos realizados en los primeros tiempos de la historia de la fotografía que retraban a las gentes de las zonas rurales en su medio social. Pero el proceso, para conseguir ese estilo básico, fue más complejo. El artista disparó más de mil fotografías y luego seleccionó una serie de ellas en las que trabajó en su estudio. A las distintas personas les hacía previamente una polaroid, a la que le adjuntaba un número de expediente con la autorización del retratado para ser publicada su imagen, compensada con un ejemplar del libro y una copia impresa de la fotografía. La exposición también se compone de anotaciones manuscritas del artista con las indicaciones sobre la impresión de algunos retratos, además de cartas con los retratados.



Avedon representa a hombres y mujeres de todas las edades, desde niños y adolescentes, hasta adultos y mayores. Todos tienen en común que pertenecen a un mundo rural o semiurbano dentro de la clase trabajadora y marginados: vagabundos, enfermos mentales, presidiarios, mineros, peones, camareros, camioneros, ganaderos, una larga serie de personajes que se presentan con sus ropas de trabajo, a veces, manchadas de petróleo o carbón, muchas deterioradas; otros, descamisados o mostrando parte de su cuerpo desnudo. La mayoría de los retratos son frontales o levemente girados de medio cuerpo o plano americano. El fondo blanco resalta, en contraste, los rostros y el cuerpo del retratado, en una amplia gama de grises. 



Algunas fotografías debieron de tener una historia propia, como la joven de la portada, a quien sin duda le cambio, en parte su vida, si atendemos a la carta que le dirigió al artista, seis años después, convertida en una buena estudiante de instituto a punto de terminar, que había dado recientemente una entrevista a una revista y se había convertido en la reina del baile local. En otra, según se conoce por la correspondencia, la familia le informa de la muerte del retratado, que fue captado cuando era un vagabundo enfermo. Un capítulo distinto lo forma el retrato del apicultor Ronald Fischer cuyo cuerpo desnudo está lleno de abejas, que fue una imagen muy preparada por el autor, a partir de un anuncio en el periódico en el que se buscaba un voluntario que asumiese los riesgos y les eximiese de responsabilidad. El retrato, así, supone la culminación de la serie, con mayor puesta en escena, sin el carácter documental de los demás, que fueron captados tal como se presentaron.




LOS AMERICANOS DE ROBERT FRANK


 

La Fundación Telefónica presenta la exposición, ROBERT FRANK Y LOS AMERICANOS, en el marco de  la actual edición de PhotoESPAÑA, que reúne un conjunto de más de 120 fotografías entre las que se encuentran las 83 que compusieron su libro del mismo título, que supuso una auténtica revolución en el medio. Fueron imágenes tomadas entre 1955 y 1956 por la geografía de EEUU, de costa a costa, un total de 28.000, de las que eligió una entre trescientos treinta y siete disparos. El viaje lo llevaría a cabo en automóvil solo o acompañado de su mujer e hijos. Podemos hacernos una idea de su método de trabajo a través de las hojas de contactos de una serie de rollos significativos, a partir de los cuales él precisaba el encuadre. Las fotos seleccionadas las ampliaba y las llevaba a papel a tamaño grande para escoger las más relevantes. Unas fotografías que no se adaptaban ni por la forma, ni por el contenido a lo que el público estaba acostumbrado a ver.



Desde el punto de vista formal, son innovadores los puntos de vista, a veces obtenidos entre la gente, como al autor le gustaba disparar, en pleno movimiento, sin que las personas captadas se diesen cuenta que las estaban fotografiando. Porque no le gustaba entablar ninguna relación con ellas, ante todo por su mirada crítica. Empleaba encuadres no convencionales, inclinados, haciendo importante el desenfoque, no tanto del fondo como del primer plano. El prefería disparar rápido, no para buscar el instante decisivo, sino un momento o situación intermedia, como si la frescura o autenticidad de la imagen, viniesen dadas a partir una toma rápida en la que juega un papel relevante su subjetividad. Su proyecto, por otra parte, fue fruto de la mirada de un inmigrante, de una persona que se cuestiona lo que la propaganda presentaba como los símbolos del país: el llamado sueño americano, el progreso de la sociedad de consumo y la prosperidad.



Frank nació en Suiza y se trasladó a finales de los años cuarenta a EEUU. La efervescencia y el crecimiento económico del país hicieron envidiar al mundo, pero todo lo que brillaba no dejaba ver una sociedad conflictiva de enfrentamientos raciales y desigualdad económica, que es lo que el autor tomó con su cámara; principalmente a sus gentes, algunas con las que no querría ni entablar conversación, por simbolizar una sociedad injusta y discriminatoria. Así nos lo cuenta en el documental que sirve de complemento a su obra. Además, su proyecto impreso en libro, no tuvo éxito, sino recibió duras críticas de antiamericano o comunista. Serían décadas después cuando, tras sus distintas ediciones, deslumbraría por su carácter innovador. Una sala está dedicada a las mismas y a otros trabajos que realizó antes y después del famoso proyecto. También nos informa del apoyo e inspiración que tuvo de su mentor, el famoso fotógrafo, Walker Evans, a quien ayudaría en sus obras y le encargaría el trabajo sobre el tren The Congressional, el que trasladaba a los políticos entre Washington D.C. y Nueva York, en la revista Fortune.



EL ARTISTA ANTE LA CÁMARA


 

El Museo del Prado presenta la exposición, EL ARTISTA ANTE LA CÁMARA, dedicada a un conjunto de fotografías en la sala 60 que tienen como objetivo la figura del artista y sus espacios de creación. La difusión de la fotografía afectó al arte de muchas maneras, uno de ellas fue la representación de sus autores a través del retrato, como reconocimiento profesional y proyección personal. A finales del siglo XIX, la visita a los estudios, se convirtió en una costumbre social, a la que no fueron ajenos. También, el nuevo medio, dejó testimonio de sus espacios de creación, tanto de los principales, rellenos de sus instrumentos de trabajo, como de otros adyacentes donde acumulaban sus trabajos o sus propias colecciones. La fotografía como medio preciso y realista documentó a los mismos artistas en otros de especial significación histórica como el Alcázar de Sevilla. De todo ello da cuenta esta pequeña exposición compuesta por obras provenientes de los archivos de los artistas o de coleccionistas que las donaron al museo.



Se exponen obras de distintos formatos, desde las de menor tamaño, carte de visite, tarjeta promenade o tarjeta París, e incluso Imperial, de mayor tamaño, destinadas al retrato individual, o para las de grupo. El ejemplo más relevante es la realizada en el estudio de Ángel Alonso Martínez y hermano de un conjunto de artistas que homenajean a Federico de Madrazo. Los vemos en un espacio acristalado, propio de la época, al necesitar la fotografía luz natural. Otros estudios relevantes retrataron artistas y sus espacios, como los de Eduardo Otero, Fernando y Edgardo Debas, Kaulak, Manuel Compañy, Cristobal Portillo, José Padró y Manuel Alviach, entre otros, que presenta la efigie de Vicente Palmaroli que dirigió el Museo del Prado desde 1894. Unos retratos que nos informan de los procesos empleados, desde el papel a la albúmina, a la copia en gelatina, incluyendo el ferrotipo y el plantinotipo. Retratos estáticos o interactuando, en poses propias del estudio, o en el mismo taller con las herramientas necesarias, o más informales, a veces rodeados de la familia.



La exposición abarca, de esta manera, un conjunto desde finales del siglo XIX a las primeras décadas del siglo XX, que nos informan de la evolución de técnicas y procedimientos, de las transformaciones estéticas que afectaron a la manera que los artistas tenían de proyectar su imagen. Podemos, así, trazar un mapa visual de la presencia del artista en su estudio y en otros alternativos de creación. Uno de los más espectaculares fue el atelier de Mariano Fortuny en Roma; igualmente, destacan las imágenes de los estudios de Federico Madrazo en Madrid, la documentación del modelado del frontón de la Biblioteca Nacional por Agustín Querol, la escena de Mariano Benlliure con el escritor Federico García Sanchís en el taller del escultor, y el capítulo dedicado a la presencia femenina, representada por el retrato de María Luisa de la Riva en su estudio parisino, la pintora Fernanda Francés y las alumnas de Cecilio Pla. Por otra parte, otras imágenes recogen el proceso creativo de una misma obra, como la escultura dedicada a Mariano Moreno, encargada a Miguel Blay en 1909.



LA FOTOGRAFÍA DE HELEN LEVITT


 

La Fundación Mapfre de Madrid presenta la exposición, HELEN LEVITT, un recorrido por la trayectoria completa de esta fotógrafa estadounidense, a través de nueve secciones y alrededor de 220 imágenes. Una artista nacida en Nueva York de familia ruso-judía, a quien no le gustaba viajar sino centrarse en la los barrios más humildes de la Ciudad de los Rascacielos donde se formó y residió. Sus primeras fotografías se fechan de la década de los treinta, aunque ella mantiene su estilo peculiar casi durante toda su carrera. Sus fotografías no llevan título y su datación es aproximada. Trabajaba en la calle y captaba a sus gentes que hacían su vida a la puerta de su casas o cerca de los comercios. Se la denominó como fotógrafa de niños, aunque su espectro es más amplio; son las gentes en general situadas en distintos planos, interactuando unas personas con otras, o relacionados con algún elemento del paisaje urbano significativo. En un principio le influyó Henry Cartier-Bresson y la mirada surrealista, para crear imágenes en apariencia espontáneas y simpáticas, pero en el fondo ambiguas y enigmáticas, captadas con un realismo descarnado.



Gran parte de su obra es en blanco y negro, realizada con una cámara Leica, aunque a partir de finales de los años 50, empieza a utilizar el color. Un color brillante que resalta de unas imágenes nítidas para las que parece no ha pasado el tiempo; unas imágenes hoy icónicas, todas presentes en la exposición. Unas enmarcadas y otras proyectadas en forma de diapositivas, una de su forma preferida de dar a conocer su obra. En ellas llama la atención los encuentros paradójicos, los contrastes semánticos: niños que escalan una puerta decorada con columnas; una mujer gruesa encajada en una cabina telefónica con sus hijos pequeños; juegos interminables de niños en grupo o solitarios en las aceras y entre los coches aparcados; los grafitis escritos y pintados con tiza. La gran ciudad, por tanto, está llena de vida, no solamente en el interior de las modestas casas, sino en la calle, que se convierte en arte bajo la mirada original de Helen Levitt, que descubre con la cámara, convertida en un auténtico bisturí, una realidad superior, oculta que nos sorprende.



En los años cuarenta realizó con una amiga un viaje a Ciudad de México, bajo el ejemplo de Cartier-Bresson, el único que realizó al extranjero, donde supo captar desde su mirada personal las realidades sociales más crudas. La fotografía en color la ocupó durante las décadas de los sesenta y setenta. Desde  finales de la misma, volvió al blanco y negro, para situar su escenario en el metro de Nueva York.  Después, la artista siguió fotografiando de forma intermitente hasta principios de los años noventa, tanto en la ciudad como fuera de ella. Levitt, también se interesó por el cine, y dirigió el documental The Quiet One y codirigió, In the Street, sobre las calles del Harlem hispano, que prologaban en imágenes en movimiento aquello que había captado en fotografías. Unas obras que serían muy influyentes para el cine realizado por artistas como John Mekas y Andy Wharhol.




EL RETRATO FEMENINO EN EL SIGLO XIX


El Museo del Romanticismo presenta la exposición, RETRATADAS. ESTUDIOS DE MUJERES, comisariada por Stéphany Onfray, que reúne ciento cincuenta y dos obras, entre fotografías, publicaciones y objetos, provenientes de colecciones españolas, una de las cuales es la de la propia comisaria, pretendiendo ofrecer una relectura del estudio fotográfico como espacio de expresión y creación para las mujeres.  Desde la invención en 1854 de las tarjetas de visita se multiplicaron los retratos de mujeres, tanto de cuerpo entero, solas, con hijos o formando en grupo, en las más variadas actitudes o indicando una actividad profesional o social. Fue un medio asociado a la burguesía ascendente y la aristocracia del momento. Luego se fue democratizando. 



La comisaria sugiere que la interpretación tradicional, que ha tenido a ensalzar la figura del fotógrafo y a reforzar la relación entre un sujeto activo y una modelo pasiva, debe ser revisada. Hay que hablar más bien de una autorepresentación subrogada, en la que las mujeres retratadas son las autoras simbólicas de sus propios retratos. De esta manera, la exposición nos invita a descubrir cómo las mujeres del siglo XIX se relacionaron con la fotografía, que fue activa con el nuevo medio, pues llegaron a ser fotógrafas, coleccionistas y espectadoras, y contribuyeron a transformar las representaciones y roles femeninos. Nos lo demuestra en los distintos apartados: Una habitación propia, Iconografía de lo femenino, El cuerpo como obra, Metafotografía, y Hacia la modernidad.



Los estudios fotográficos se concibieron al principio como espacios domésticos, de sociabilidad; los observamos en la exposición como una continuidad de los interiores burgueses. Reservaron un cuarto-tocador para las mujeres, una habitación propia para ellas para poderse cambiar y acicalarse, de cara a su representación. Por lo que esta se concebía como una actividad performativa vinculada a la experiencia femenina, pero también a su subversión. Además se aprecia, un ámbito femenino propio, que si bien no desafía el orden establecido, exploran discretas esferas de libertad y poder. Las poses, los gestos, el vestuario en los retratos funcionó como un sistema comunicativo no verbal respecto al espectador, por lo que la fotografía se convirtió en una experiencia total, propiciando una concepción más moderna y artística del medio.




La mayoría de las fotografías de la exposición son tarjetas de visita, el formato mayoritario de la época. La selección expuesta se centra en el ámbito español, especialmente el de la capital. Destaca el gabinete de Alonso Martínez y hermano, así como el de Martínez de Hebert por su número de obras. De Barcelona el también famoso de Napoleón. Las mujeres representadas pertenecen a la alta burguesía y a la aristocracia titulada, incluso hay algún ejemplo de la propia reina Isabel II. Los retratos se pueden agrupar igualmente por representar a la mujer en una actividad, como pintoras; en interacción con las propias fotografías, mirando un álbum; refiriéndose a la maternidad, con un hijo, o mostrando su fallecimiento; simulando su identidad a través del vestido; muy llamativas son las tarjetas de visita realizadas por fotógrafas, unas firmadas como viudas, otras como su propio nombre como Alexandrina Alba cuyo estudio estaba en la Puerta del Sol, número 4 de Madrid.



LAS IMÁGENES DE ROBERT RAUSCHENBERG


 

La Fundación Juan March presenta la exposición, ROBERT RAUSCHENBERG: EL USO DE LAS IMÁGENES, que pretende reinterpretar su obra como una práctica esencial y estructuralmente fotográfica, que coincide con el centenario de su nacimiento, cuarenta años más tarde, en 1985, que la fundación organizase su primera exposición en nuestro país. A lo largo de su trayectoria, la manera habitual de trabajar del autor fue fotografiar y usar y reusar imágenes. Lo destacado es el cómo lo realiza, que supone además la experimentación de distintas técnicas de transportarlas al lienzo. La exposición se divide en seis secciones que marcan los hitos clave de su evolución a través de cinco décadas entre 1949 y 2000. La primera de ellas, se dedica a su práctica fotográfica, que arrancó en los años de formación en el Black Mountain College. Para el autor la cámara era un medio de comunicación fruto de su timidez. Pretendió en un principio fotografiar América palmo a palmo, pretensión que tuvo que abandonar por la enormidad del proyecto. Luego fotografió distintos países del mundo como el que realizó junto al pintor Cy Twombly por Europa y el norte de África en los años cincuenta.



El eje de la producción artística de Rauschenberg fue la experimentación y la incorporación de nuevas técnicas. De esta manera, en el principio de su carrera realizó los Blueprints (cianotipos), imágenes de objetos o cuerpos enteros obtenidas sobre papel fotosensible. Por la misma época, empezó con los llamados Combines (combinados), unas piezas concebidas a modo de collages tridimensionales, donde incluía fotografías tomadas de la prensa. Además, experimentó con la transferencia de esas imágenes ejerciendo presión y sirviéndose de disolventes. Son sus Transfer drawings (dibujos transferidos). Posteriormente, con la finalidad de reproducir una misma imagen en más de una ocasión, aprendió a realizar litografías, y sobre todo, serigrafías, tras visitar el taller de Andy Wharhol a comienzos de los años sesenta. De esta técnica fueron creadas las Silkscreen Paintings (pinturas serigrafiadas), que le llevaron a ganar el Gran Premio Internacional de la Bienal de Venecia de 1964. Una técnica que le permitía jugar con la escala y usar varias veces la misma fotografía. Unas imágenes que se presentaban con un orden aleatorio, aparentemente anárquico, pero que tenían en realidad, una lógica interna, sin jerarquías.



Un nuevo hito de su trayectoria, fue la realización de escenografías para espectáculos de danza junto a la coreógrafa y bailarina, Trisha Brown, en dos espectáculos, donde el artista empleó sus propias fotografías. En uno, Glacial Decoy (Cebo Glacial) caracterizado por cuatro pantallas donde se proyectaban; en el segundo, Set and Reset (Ajuste y reajuste), las serigrafió en una tela que sirvió de vestuario. Por otro lado, en 1984, presentó en las Naciones Unidas el proyecto ROCI (Intercambio Cultural Transoceánico Rauschenberg), que pretendía el intercambio cultural y diplomático con países que era imposible por su régimen político. Pensaba el contacto artístico produciría paz y entendimiento. Para ello durante los años ochenta viajó a la Unión Soviética, Alemania del Este, Tíbet, Cuba, México, Venezuela o China donde organizó una exposición con los resultados a partir de fotografías tomadas en cada uno de los lugares. 



A principios de los años noventa empezó a utilizar impresoras de inyección de tinta para reproducir sus imágenes y luego, transferirlas, lo que le ahorraba gran parte del trabajo. Su experimentación le llevó a transferir, de nuevo,  imágenes sobre un fondo de yeso, que recuerda a la pintura al fresco. La última sección termina con una serie de características autobiográficas realizada en huecograbado, llamada Ruminatios (Rumiaciones). Finalmente, recordar una de sus ideas, hoy de actualidad,  que es la necesidad de comprender  que la destrucción es el subproducto defensivo de la ignorancia y de las mentiras y que en último término la paz está en manos del único vehículo que queda sin corromper: el arte.



LA FOTOGRAFÍA EDWARD WESTON


 

La fundación Mapfre presenta la exposición, EDWARD WESTON. LA MATERIA DE LAS FORMAS, una antológica de la trayectoria fotográfica de este maestro a través de casi doscientas obras, centrada principalmente en la época de entreguerras hasta los años cuarenta. Contribuyó, junto a figuras relevantes como Paul Strand y Alfred Stieglitz, a la emancipación de la fotografía de otras disciplinas artísticas. De hecho, pronto abandonaría la corriente pictorialista para desarrollar todas las capacidades del medio con una originalidad extraordinaria. Trató con su cámara diversos géneros: retrato, naturaleza muerta, paisaje y desnudo. Su estilo es siempre riguroso en la técnica, la composición y la forma, en el que elimina lo accesorio e innecesario. El arte de la fotografía reside en el momento de tomar la imagen, que para él, es instintivo, que junto la inmediatez y la intensidad, son elementos esenciales de su talento creativo.



En su trayectoria son fundamentales los dos periodos en los que vivió en México, uno de ellos junto a Tina Modotti. Luego se establecería en California definitivamente, donde empezaría cualquier proyecto posterior, aunque ya en 1911, se había asentado allí al abrir su primer estudio fotográfico. La fama le llegó al final de su vida con sendas retrospectivas, primero en el MOMA de Nueva York, y luego en el Musée d´Art Moderne de Paris. Weston empleaba una cámara de gran formato para imágenes en blanco y negro muy detalladas y de nitidez extraordinaria. Según sus propias palabras, son fruto de un trabajo concienzudo donde experimentaba con la composición y la forma de los objetos. Destaca en su producción las naturalezas muertas, conchas, pimientos, restos vegetales, incluso excusados, que adquieren una percepción nueva tras su mirada subjetiva. Es la diferencia entre la materia en sí de las formas, a aquella que adquiere un valor artístico tras la mediación del autor.



Los cuerpos desnudos también son elaborados en la imagen en fondos muchas veces neutros para destacar el contorno nítido, que proporciona una visión escultórica de los mismos, de los que se toma unas veces detalles, partes anónimas como el torso, a otras, como el cuerpo entero, cercano o lejano en un paisaje de playa o en una piscina. La exposición muestra un extraordinario representación conjunto de paisajes naturales, principalmente de aquellos desiertos que rodean California, donde capta el relieve montañoso o los océanos de dunas; también, los acantilados, las pequeñas playas de piedras y las vegetaciones que crecen y mueren con el tiempo, a su orilla. En las formas representadas, igualmente tiende a ser seducido por los objetos singulares que encuentra por su aspecto, tanto vegetales como pétreos. El artista siempre es consciente de la fuerza generadora de la naturaleza que produce imágenes cambiantes a las que apenas puede captar. En los años cuarenta coincidiendo con la guerra mundial, su fotografía expresa un tono melancólico y denso, no sólo en los temas, sino en el tratamiento de las texturas y la luz, que alude a la decadencia, la finitud y la muerte. Así, viaja por el país tomando imágenes para ilustrar la obra de Walt Whitman, Hojas de Hierba, que quedaría interrumpido por el conflicto. Las mejores imágenes del periodo hasta su fallecimiento son las que realiza en la región costera de Point Lobos, California, donde residía.



ESTÉTICA DE LO DESENFOCADO


 

El CaixaForum de Madrid presenta la exposición, DESENFOCADO. OTRA VISIÓN DEL ARTE, que reúne un conjunto amplio de pinturas, esculturas, fotografías, vídeos e instalaciones, de diferentes artistas entre finales del siglo XIX hasta la actualidad, que expresan un procedimiento peculiar del arte para acercarse a la representación. Frente a la delimitación precisa de los contornos de las figuras y formas, se encuentra la imagen borrosa, imprecisa, que añade un significado al contenido de la obra. Esta manera de actuar de los artistas en la utilización del difuminado, la podemos encontrar en la historia del arte, pero será en los albores del arte contemporáneo cuando se concrete el empleo del flou, con una intencionalidad precisa. Así, lo observamos en la pintura de Monet o en las primeras fotografías de la historia.



La exposición se organiza en cuatro secciones y un preámbulo: En las fronteras de lo visible; La erosión de las certezas; Elogio de la indefinición; y Futuros inciertos. El recorrido por las obras y los más variados autores nos hace partícipe de la experimentación desarrollada por ellos. Unos influidos por las visiones, no del todo precisas todavía del cosmos o de la investigación de la materia o del color; otros, en su camino hacia la abstracción. De esta manera, la realidad, no tiene una lectura unívoca, sino plural, fruto de nuestra experiencia que se desarrolla en el tiempo. Las obras presentadas de Thomas Ruff, Gerard Richter, Has Hartung, Soledad Sevilla y Mark Rothko, son muy significativas. En el siguiente apartado, el desenfoque se emplea para tratar el pasado histórico, sucesos violentos o acontecimientos dramáticos, como el Holocausto, el atentado de las Torres Gemelas, el fenómeno de la inmigración o la violencia racial. Los artistas, en este caso, tratan de dar testimonio de algo, denunciarlo o señalar lo que no se quiere ver u olvidar.



El desenfoque, además, nos muestra un mundo que es difuso, donde la identidad es también indefinida, borrosa, de la que surgen retratos peculiares e inciertos. Alberto Giacometti afirma que ya no sé quién soy, dónde estoy, ya no me veo..., mientras el visitante observa una de sus esculturas junto a una fotografía de formas vaporosas en blanco y negro. El cineasta Sébastien Lifsntiz, en su obra, Mi vida desenfocada. El inventario infinito, presenta un conjunto de fotografías amateur de su colección con la característica que son fallidas, desenfocadas por el movimiento o la falta de luz, que adquieren un nuevo valor por esta razón y hacen surgir lo imprevisto. El último apartado nos habla del futuro, de un tiempo de incertidumbre que se inició con la pandemia, con las amenazas constantes de la realidad. Observamos una fotografía de Nan Goldin de los primeros tiempos de la cuarentena en New York a modo de naturaleza muerta, y una frase también destacada, La imagen no es más que un cristal en el que se deposita el vaho del tiempo vital.



UN SIGLO DE LA CÁMARA LEICA


 

El Centro Cultural de la Villa, Fernán Gómez, presenta la exposición, LEICA. UN SIGLO DE FOTOGRAFÍA, que forma parte de los actos conmemorativos de los cien años desde la presentación de la cámara Leica I en la Feria de Leipzig de 1925. Una cámara inventada por el técnico y fotógrafo aficionado, Oskar Barnack, y fabricada en serie por el empresario Ernst Leitz, asumiendo un riesgo importante que resultó provechoso, pues supuso una revolución en el medio desde ese momento, al utilizar una película de 35 mm, horizontal. Los pesados aparatos pasaron a ser ligeros y portátiles para captar la realidad de la calle y cualquier acontecimiento relevante que sucediese. Por estas razones, y por la calidad de las imágenes resultantes, en imprescindible para los grandes fotógrafos del siglo XX, hasta nuestros días. Aquellos que buscaban reflejar un instante afortunado, o la crudeza de los enfrentamientos bélicos.



Sabemos que fue la cámara empleada por Robert Cappa, Agustí Centelles y Antoni Campaña, en la Guerra Civil española, de la que la presente exposición muestra dos imágenes icónicas. Fue, por tanto, esencial, para el fotoperiodismo contemporáneo que se abría paso por aquellas fechas. Los fotógrafos españoles de posguerra, igualmente la emplearon, como Oriol Maspons, Joan Colom, Ricard Terré, Gabriel Cualladó, Gonzalo Juanes, Alberto Schommer, Ouka Lele, Cesar Lucas, Navia, Paco Gómez, Alberto García-Alix, y un largo número de ellos de los que se muestran imágenes. Lo mismo podemos decir de los maestros internacionales, con fotografías icónicas de Elliott Erwitt, Sebastiao Salgado, René Burri, Steve McCurry, Bruce Davison, Joel Meyerowitz, y Alberto Korda, entre otros, representado por el retrato más famoso del Che Guevara.



La presente exposición se organiza en distintas secciones temáticas, desde las primeras imágenes del archivo de la marca, hasta mostrar imágenes de la gente, la sociedad, la calle, el paisaje, o la mujer. Una sala específica está dedicada a los distintos modelos y aportaciones realizadas por Leika a lo largo de la historia. Una cámara gigante es el centro de la misma. En un lateral, los distintos modelos que salieron al mercado hasta la actualidad. En la pared del fondo nos cuenta su desarrollo. Sabemos que sus innovaciones aparecen recientemente en las cámaras de los móviles, y como complementos de otras marcas proporcionando un prestigio añadido, que como sabemos, ha sido labrado a través del tiempo, desde hace cien años, añadiendo fiabilidad y prestigio, para una cámara de alta gama.



LA FOTOGRAFÍA DE DUANE MICHALS


 

La Fundación Canal presenta la exposición, DUANE MICHALS. EL FOTÓGRAFO DE LO INVISIBLE, que reúne 150 obras de este original y precursor maestro de la fotografía conceptual. Un artista que trata de llevar a imagen su pensamiento desde distintas perspectivas. Pretende, así, un cambio formal en contraposición al método de Cartier-Bresson, interesado en capturar el instante decisivo que encuentra en la realidad. Con él nos apartamos de ella, para adentrarnos en los terrenos de la imaginación, en la visualización de conceptos abstractos de la existencia o la filosofía, los sueños, de la intuición, la indignación y la revelación, que constituyen los capítulos en los cuales se puede organizar su obra. En consecuencia, pretende, igualmente, un cambio de contenidos, unos básicos, otros más profundos, e incluso personales sobre su familia. Para ello, utiliza recursos técnicos como la doble exposición, el movimiento de la imagen, los difuminados. El resultado es sencillo, pero efectivo y sugerente para el observador.



Duane Michals apuesta por una fotografía narrativa. Por un lado, presenta varias imágenes en forma de secuencia sobre un tema propio como La condición humana, El abuelo se va al cieloEl espíritu abandona el cuerpo, Encuentro casual, El sueño de la chica joven o El hombre del saco. Por otro, utiliza un texto escrito que acompaña una imagen, que explica, añade elementos para su comprensión, como en Aquí hay cosas que no se ven en la fotografía o La parte más hermosa del cuerpo de un hombre y de una mujer. Su original visión queda manifiesta, de la misma manera, cuando realiza retratos de personajes relevantes y famosos, en los que busca proximidad con un contexto natural, lejos de cualquier posado convencional. De ellos sobresalen los de Pasolini, Andy Wharhol, Joseph Cornell, y Tilda Swinton. Pero, los que mejor reflejan al personaje, son los realizados del pintor Magritte, de quien declaró que le liberó, le enseñó un camino singular para la fotografía en diálogo con el surrealismo. Una biografía y un vídeo explicando alguna de sus series, culminan la visita de las mejores imágenes de este artista hoy nonagenario.



LAS IMÁGENES DE GABRIELA ITURBIDE


 

La Fundación Casa de México en España presenta la exposición, GRACIELA ITURBIDE. CUANDO HABLA LA LUZ, que reúne un conjunto de 115 obras en tamaño grande, de series realizadas en su mayoría a lo largo de la geografía de su país, aunque hay ejemplos tomados en Europa e India, entre 1972 y 2017. Una muestra en la que el visitante no queda indiferente mientras observa la originalidad y brillantez de sus imágenes. Unas imágenes fruto de la captación de un instante irrepetible, como de posados preparados por la artista. A lo largo del recorrido podemos comprender su intencionalidad, como se ha dicho, de lo real a lo onírico y de la vida a la muerte. También, tiene como objetivo, en consecuencia, la búsqueda de lo surreal, una visión que proviene del subconsciente, que encuentra y obtiene de la realidad misma, que se convierte en simbólica o fantástica. 



 Graciela Iturbide documenta, sin grandes deformaciones formales, la realidad del pueblo mexicano, los interiores domésticos, las costumbres y ritos que provienen de las culturas prehispánicas, en un paisaje natural o urbano de enorme atractivo. Recordamos la imagen de una mujer adentrarse en el desierto de Sonora con un radiocasete en una de las manos; aquella mujer con iguanas en la cabeza como una auténtica diosa antigua; sus propios autorretratos, uno con serpientes, otro con pájaros muertos que sitúa frente a sus ojos; y muchos retratos, gran parte de ellos con el rostro tapado con máscaras, o de mujeres de espaldas donde sobresale su largo cabello, otros en cambio, captan personajes travestidos. En algunas imágenes parece que valorase mejor la presencia desconocida o incierta del retratado que su verdadera identidad. A veces el detalle de unas piernas o unos pies constituye el asunto principal. 




El ser humano convive con los animales, y por tanto, están presentes en su fotografías, como futuro alimento antes de ser sacrificadas o en vías de preparación para su venta como carne. Igualmente, muchas aves en plena libertad formando bandadas que construyen geometrías en el cielo, que contrastan con las formas de árboles o postes telegráficos. La naturaleza desértica de muchos lugares resaltan la presencia de niños y adultos, en medio del polvo o del llano vacío. En medio de la soledad, se alzan las formas prominentes de cactus enormes. La mejor enseñanza de Graciela Iturbide en saber ver la realidad, en descubrir y combinar los elementos visibles a nuestros ojos, trasuntos de la memoria que puebla nuestro inconsciente y de la propia intrahistoria del tema representado.