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LA FOTOGRAFÍA DE MINOR WHITE


 

La Fundación Mapfre presenta la exposición, MINOR WHITE, una extensa retrospectiva de su obra fotográfica con motivo del 50 aniversario de su muerte, la primera de este tipo que se desarrolla en Europa. Constituye un recorrido desde sus inicios a mediados de los años treinta hasta su muerte en los setenta, que nos informan de una importante producción artística, a la vez de una actividad académica, museística y editorial. Su labor como docente le marcará el transcurso de su vida al tener que desplazarse a distintos puntos del país, desde una costa a otra, entre distintas instituciones; mientras tanto, fue fundador y editor de la revista Aperture, espacio dedicado al medio fotográfico, y de sus propias ideas y métodos, que serían conocidas a través de exposiciones y libros. Muestra la grandeza y originalidad de este autor que se define mediante la consecución de una belleza poética que encuentra en una visión de la naturaleza, del ser humano y los objetos materiales según su influencia emocional.



Para el autor la imagen fotográfica es una manera de autoconocimiento y expresión de su interior, muchas veces tensionado por la dificultad para reconocer abiertamente su homosexualidad. El sentimiento humano, de esa manera, trata de llegar al espectador por medio del arte en el que el autor, el artista, juega un papel fundamental. Conseguir este objetivo no resulta tan fácil. De hecho, el pretendía fotografiar las cosas no por lo que son, sino por aquello otro que son. Sus temas más destacados son la naturaleza, el paisaje, el retrato y el desnudo masculino, representados de una manera subjetiva con carga simbólica. Un simbolismo asociado a la religión y la filosofía. Por otra parte, la fotografía debe presentarse en forma de secuencia, no aislada, creando estructuras narrativas y reflexivas que generan significados, asociaciones y ritmos, lo que el llama el cine de imágenes fijas, cualidad que se podría complementar acompañada de textos.



La exposición se organiza en cuatro secciones que se corresponde con las cuatro etapas principales de su vida. La primera corresponde a sus Comienzos (1938-1946), la etapa de consolidación en Portland cuando realiza su primera exposición individual, compuesta por imágenes de paisajes, granjas, bodegones de objetos o naturaleza, según un estilo formalista a la manera Alfred Stieglitz al inicio, para adquirir un estilo directo en la órbita de Edward Weston y Ansel Adams. Como profesor asistente de este último en la California School of Arts, se trasladará en 1946 a San Francisco, en su segunda y relevante etapa, que durará hasta 1953. Aquí realiza sus primeras secuencias y queda fascinado por la costa californiana como tema. Además, funda la revista Aperture. Destaca la secuencia, La tentación de San Antonio son los espejos (1948), compuesta por 32 fotografías de Tom Murphy, alumno y modelo, que nunca expuso; y una representación de las miles que hizo con una cámara de 35 milímetros de las gentes de San Francisco, un tipo de fotografía excepcional para su estilo.



A partir de 1953, desarrollará su labor en la George Eastman House (GEH) como asistente del comisariado. Se siente influenciado por las filosofías orientales, así como valora la impronta del fotógrafo Paul Strand. Realiza destacadas series como Rural Cathedrals (1955) y Sound of one hand (1960). Su última etapa corresponde a su residencia en Cambridge, Machassusetts (1965-1976), donde es profesor invitado en el MIT. Llegará, así, al culmen de su carrera docente, en la que publicará el libro, Mirrors Messages Manifestations (1976), base de la gran exposición organizada por el Philadelphia Museum  of Art y otros importantes museos. De este periodo final son las series, Secuencia 1968, compuesta de paisajes de la región de gran belleza y originalidad; y la Secuencia Totémica (1974), que capta los dibujos tallados por el tiempo en la costa granítica de Maine a los que el autor dota de musicalidad y resonancias religiosas.



EL FENÓMENO DE LOS RIDERS


 
El Museo Nacional de Antropología presenta la exposición, UNEASY RIDERS. LA CIUDAD EN RUTA, que muestra la realidad de los repartidores de comida a domicilio contada a través de sus propias imágenes y experiencias. Además, busca enseñar la realidad oculta del algoritmo invisible que gestiona los pedidos a la vez que presiona y evalúa el desempeño de los trabajadores. Esta actividad surgió con el auge de las plataformas de reparto de comida a domicilio tras la pandemia de COVID. Desde entonces, ha sido ejemplo de actividad laboral precaria, de carácter temporal, con falta de protección social e inestabilidad económica. Su mayor problema era su consideración como trabajadores autónomos, por cuenta propia, en vez de por cuenta ajena, que les reducía sus derechos laborales bajo una apariencia de mayor libertad cuando estaban condicionados a las arbitrariedades de un algoritmo explotador.






La exposición se articula en un espacio central del museo organizado en seis paradas, donde te puedes adentrar en la realidad diaria de los riders gracias a fotografías y capturas de pantallas tomadas por cinco repartidores: Adrián, Carlos, Fer, Gledis y Juan. Los textos y las imágenes se exponen en paneles o cajas de luz. La primera parada nos introduce en la casuística y la problemática entre los repartidores y las plataformas digitales. En general, el trabajo no depende del algoritmo solo, sino del conocimiento práctico de los propios repartidores. La aplicación móvil actúa simultáneamente como herramienta de trabajo y mecanismo de gestión basado en datos. La segunda parada es una secuencia de reparto a partir de 18 fotografías tomadas por Gledis. Así, la repartidora nos enseña un día normal en su jornada laboral. Una actividad que exige capacidad constante de adaptación ante la incertidumbre contante del entorno. La tercera se denomina, La plataforma, el algoritmo y yo, que aglutina imágenes de las capturas de la plataforma sobre las rutas, los horarios, las cancelaciones de pedidos y los comentarios de los clientes.






La cuarta parada está dedicada a las contingencias del reparto: caídas, imprevistos, climatología adversa o pedidos muy grandes. Una vez más, nos muestran las duras condiciones laborales de unos trabajadores expuestos constantemente a accidentes de tráfico, sin luego poder afrontar unas prestaciones sociales fruto de los mismos. Una quinta parada reflexiona sobre Climas afectivos, es decir, la relación entre los repartidores y sus herramientas básicas de trabajo: vehículo, ya sea la bicicleta, el patinete o la motocicleta, la mochila y el móvil. Gracias a ellos puede efectuar las entregas, y realizarlas con seguridad y eficacia. La última parada se titula, Paisajes urbanos, memorias de la ciudad, compuesta por imágenes que retratan su cotidianidad como de momentos clave que han vivido como la gran nevada de la Filomena. Por tanto, la exposición nos enseña a comprender mejor a quienes pedalean la ciudad y a preguntarnos qué historias se esconden detrás de cada trayecto; preguntarnos, y responder, en qué medida las plataformas digitales transforman las formas de trabajar, moverse y relacionarse en la ciudad.


RETRATOS DE LA CLASE TRABAJADORA DE RICHARD AVEDON



La Fundación Mapfre presenta la exposición, RICHARD AVEDON, IN THE AMERICAN WEST, 1979-1984, que reúne por primera vez en Europa, la serie completa de 110 fotografías que componen el libro de su mismo título, publicado en 1985, uno de los más importantes del siglo XX. Un proyecto llevado a cabo en la primavera y el verano durante cinco años que le supuso visitar 21 estados, y trabajar, con un grupo de ayudantes y una cámara de gran formato con trípode, a la manera de los fotógrafos ambulantes o itinerantes antiguos. El autor era, por aquella época un artista relevante, con exposiciones en las mejores instituciones culturales del país, y fotógrafo oficial de las portadas del Vogue, que tomó la decisión artística de pronunciarse sobre la situación social del país, golpeado por la crisis económica y las políticas neoliberales del presidente Reagan. Para ello decidió retratar a la clase trabajadora, a los marginados de una supuesta riqueza y poder de determinadas clases y poderes económicos, siguiendo una iniciativa del Amon Carter Museum de Fort Worth, Texas.



La exposición se compone a partir de las copias de referencia base de las imágenes del libro y las que fueron expuestas en el museo. Proceden de la colección de la Richard Avedon Fundation y se presentan de forma lineal y según su aparición en el libro. Presentan una apariencia sencilla de retratos frontales, con luz natural sobre un fondo blanco, como aquellos realizados en los primeros tiempos de la historia de la fotografía que retraban a las gentes de las zonas rurales en su medio social. Pero el proceso, para conseguir ese estilo básico, fue más complejo. El artista disparó más de mil fotografías y luego seleccionó una serie de ellas en las que trabajó en su estudio. A las distintas personas les hacía previamente una polaroid, a la que le adjuntaba un número de expediente con la autorización del retratado para ser publicada su imagen, compensada con un ejemplar del libro y una copia impresa de la fotografía. La exposición también se compone de anotaciones manuscritas del artista con las indicaciones sobre la impresión de algunos retratos, además de cartas con los retratados.



Avedon representa a hombres y mujeres de todas las edades, desde niños y adolescentes, hasta adultos y mayores. Todos tienen en común que pertenecen a un mundo rural o semiurbano dentro de la clase trabajadora y marginados: vagabundos, enfermos mentales, presidiarios, mineros, peones, camareros, camioneros, ganaderos, una larga serie de personajes que se presentan con sus ropas de trabajo, a veces, manchadas de petróleo o carbón, muchas deterioradas; otros, descamisados o mostrando parte de su cuerpo desnudo. La mayoría de los retratos son frontales o levemente girados de medio cuerpo o plano americano. El fondo blanco resalta, en contraste, los rostros y el cuerpo del retratado, en una amplia gama de grises. 



Algunas fotografías debieron de tener una historia propia, como la joven de la portada, a quien sin duda le cambio, en parte su vida, si atendemos a la carta que le dirigió al artista, seis años después, convertida en una buena estudiante de instituto a punto de terminar, que había dado recientemente una entrevista a una revista y se había convertido en la reina del baile local. En otra, según se conoce por la correspondencia, la familia le informa de la muerte del retratado, que fue captado cuando era un vagabundo enfermo. Un capítulo distinto lo forma el retrato del apicultor Ronald Fischer cuyo cuerpo desnudo está lleno de abejas, que fue una imagen muy preparada por el autor, a partir de un anuncio en el periódico en el que se buscaba un voluntario que asumiese los riesgos y les eximiese de responsabilidad. El retrato, así, supone la culminación de la serie, con mayor puesta en escena, sin el carácter documental de los demás, que fueron captados tal como se presentaron.




LOS AMERICANOS DE ROBERT FRANK


 

La Fundación Telefónica presenta la exposición, ROBERT FRANK Y LOS AMERICANOS, en el marco de  la actual edición de PhotoESPAÑA, que reúne un conjunto de más de 120 fotografías entre las que se encuentran las 83 que compusieron su libro del mismo título, que supuso una auténtica revolución en el medio. Fueron imágenes tomadas entre 1955 y 1956 por la geografía de EEUU, de costa a costa, un total de 28.000, de las que eligió una entre trescientos treinta y siete disparos. El viaje lo llevaría a cabo en automóvil solo o acompañado de su mujer e hijos. Podemos hacernos una idea de su método de trabajo a través de las hojas de contactos de una serie de rollos significativos, a partir de los cuales él precisaba el encuadre. Las fotos seleccionadas las ampliaba y las llevaba a papel a tamaño grande para escoger las más relevantes. Unas fotografías que no se adaptaban ni por la forma, ni por el contenido a lo que el público estaba acostumbrado a ver.



Desde el punto de vista formal, son innovadores los puntos de vista, a veces obtenidos entre la gente, como al autor le gustaba disparar, en pleno movimiento, sin que las personas captadas se diesen cuenta que las estaban fotografiando. Porque no le gustaba entablar ninguna relación con ellas, ante todo por su mirada crítica. Empleaba encuadres no convencionales, inclinados, haciendo importante el desenfoque, no tanto del fondo como del primer plano. El prefería disparar rápido, no para buscar el instante decisivo, sino un momento o situación intermedia, como si la frescura o autenticidad de la imagen, viniesen dadas a partir una toma rápida en la que juega un papel relevante su subjetividad. Su proyecto, por otra parte, fue fruto de la mirada de un inmigrante, de una persona que se cuestiona lo que la propaganda presentaba como los símbolos del país: el llamado sueño americano, el progreso de la sociedad de consumo y la prosperidad.



Frank nació en Suiza y se trasladó a finales de los años cuarenta a EEUU. La efervescencia y el crecimiento económico del país hicieron envidiar al mundo, pero todo lo que brillaba no dejaba ver una sociedad conflictiva de enfrentamientos raciales y desigualdad económica, que es lo que el autor tomó con su cámara; principalmente a sus gentes, algunas con las que no querría ni entablar conversación, por simbolizar una sociedad injusta y discriminatoria. Así nos lo cuenta en el documental que sirve de complemento a su obra. Además, su proyecto impreso en libro, no tuvo éxito, sino recibió duras críticas de antiamericano o comunista. Serían décadas después cuando, tras sus distintas ediciones, deslumbraría por su carácter innovador. Una sala está dedicada a las mismas y a otros trabajos que realizó antes y después del famoso proyecto. También nos informa del apoyo e inspiración que tuvo de su mentor, el famoso fotógrafo, Walker Evans, a quien ayudaría en sus obras y le encargaría el trabajo sobre el tren The Congressional, el que trasladaba a los políticos entre Washington D.C. y Nueva York, en la revista Fortune.



FOTOGRAFÍA DE GUERRA


 

El Ateneo de Madrid presenta la exposición, ARTURO PÉREZ REVERTE. FOTOGRAFÍAS DE GUERRA 1974-1985, que reúne un pequeño conjunto de imágenes que tomó en los conflictos que cubrió como periodista y fotoperiodista para diferentes periódicos y revistas. Unas fotografías que permanecieron olvidadas durante muchos años tras ser tomadas por el autor. Además, nos presenta las dos cámaras que utilizaba, cartas, salvoconductos, la famosa máquina de escribir, la Olivetti Lettera 32, una radio, un casco y carretes de las cámaras. Durante unos diez años fue testigo de numerosas guerras, localizadas en América, África y Oriente Próximo, en ciudades o en desiertos polvorientos, que en el fondo se trata del mismo conflicto, por eso las fotografías no aparecen datadas o fechadas. Un conflicto que influye en tu mirada de ver el mundo, pues el ser humano aparece despojado de cualquier máscara retórica, y muestra su instinto de supervivencia, a la vez de su capacidad de crueldad, junto con su dignidad.



Las fotografías de Arturo Pérez Reverte, el hoy escritor y académico de la lengua, merecen ser expuestas por su mirada original y su capacidad de captar los instantes más significativos de un momento violento. Podemos observar ciudades arrasadas por las bombas como puntos álgidos de un enfrentamiento con soldados en pleno combate donde el autor estaría inmerso; también periodos de descanso, o más dramáticos en los que los cadáveres yacen amontonados por el suelo. Emplea el plano detalle, lo que indica una cierta voluntad artística y simbólica, como el general. Son atractivas las composiciones, de una o varias figuras. Sin duda, el fragor del combate provocó que algunas imágenes perdieran su nitidez, y entreviesen, a la distancia, la cercanía de la muerte. Demuestra, como dice el autor, que la cámara no es inocente, pues cada fotografía es una elección, un instante, un encuadre, y en su caso, comprobamos lo acertado que estuvo para documentar la realidad violenta.



Junto a la fotografías expuestas el autor escribe algunas reflexiones como que harían esos hombres cuando no tenían un fusil en las manos, y qué harán después; en los soldados jóvenes, los ojos envejecen antes que el cuerpo; también que hay imágenes que ser repiten, niños y hambre, niños y guerra, y niños y muerte; en pleno combate, los pulmones se llenan de humo de pólvora quemada mientras tiraba fotos al azar sin saber el resultado; y finalmente, llega un momento que todos los cadáveres se parecen una barbaridad, y ya tenía suficientes. 



EL ARTISTA ANTE LA CÁMARA


 

El Museo del Prado presenta la exposición, EL ARTISTA ANTE LA CÁMARA, dedicada a un conjunto de fotografías en la sala 60 que tienen como objetivo la figura del artista y sus espacios de creación. La difusión de la fotografía afectó al arte de muchas maneras, uno de ellas fue la representación de sus autores a través del retrato, como reconocimiento profesional y proyección personal. A finales del siglo XIX, la visita a los estudios, se convirtió en una costumbre social, a la que no fueron ajenos. También, el nuevo medio, dejó testimonio de sus espacios de creación, tanto de los principales, rellenos de sus instrumentos de trabajo, como de otros adyacentes donde acumulaban sus trabajos o sus propias colecciones. La fotografía como medio preciso y realista documentó a los mismos artistas en otros de especial significación histórica como el Alcázar de Sevilla. De todo ello da cuenta esta pequeña exposición compuesta por obras provenientes de los archivos de los artistas o de coleccionistas que las donaron al museo.



Se exponen obras de distintos formatos, desde las de menor tamaño, carte de visite, tarjeta promenade o tarjeta París, e incluso Imperial, de mayor tamaño, destinadas al retrato individual, o para las de grupo. El ejemplo más relevante es la realizada en el estudio de Ángel Alonso Martínez y hermano de un conjunto de artistas que homenajean a Federico de Madrazo. Los vemos en un espacio acristalado, propio de la época, al necesitar la fotografía luz natural. Otros estudios relevantes retrataron artistas y sus espacios, como los de Eduardo Otero, Fernando y Edgardo Debas, Kaulak, Manuel Compañy, Cristobal Portillo, José Padró y Manuel Alviach, entre otros, que presenta la efigie de Vicente Palmaroli que dirigió el Museo del Prado desde 1894. Unos retratos que nos informan de los procesos empleados, desde el papel a la albúmina, a la copia en gelatina, incluyendo el ferrotipo y el plantinotipo. Retratos estáticos o interactuando, en poses propias del estudio, o en el mismo taller con las herramientas necesarias, o más informales, a veces rodeados de la familia.



La exposición abarca, de esta manera, un conjunto desde finales del siglo XIX a las primeras décadas del siglo XX, que nos informan de la evolución de técnicas y procedimientos, de las transformaciones estéticas que afectaron a la manera que los artistas tenían de proyectar su imagen. Podemos, así, trazar un mapa visual de la presencia del artista en su estudio y en otros alternativos de creación. Uno de los más espectaculares fue el atelier de Mariano Fortuny en Roma; igualmente, destacan las imágenes de los estudios de Federico Madrazo en Madrid, la documentación del modelado del frontón de la Biblioteca Nacional por Agustín Querol, la escena de Mariano Benlliure con el escritor Federico García Sanchís en el taller del escultor, y el capítulo dedicado a la presencia femenina, representada por el retrato de María Luisa de la Riva en su estudio parisino, la pintora Fernanda Francés y las alumnas de Cecilio Pla. Por otra parte, otras imágenes recogen el proceso creativo de una misma obra, como la escultura dedicada a Mariano Moreno, encargada a Miguel Blay en 1909.



TIEMPO DE INTOLERANCIA


La Residencia de Estudiantes presenta la exposición, INTOLERANCIA. ESPAÑA EN UNA EUROPA CONVULSA, 1914-1945. LA COLECCIÓN JOSÉ MARÍA CASTAÑÉ EN LA RESIDENCIA DE ESTUDIANTES, que reúne un conjunto variopinto de documentos entre fotografías, cartas, carteles, folletos, postales, documentación administrativa, prensa, libros, pinturas, dibujos y grabados, que ilustran un periodo de la historia de nuestro país y del continente especialmente significativo para todo el siglo XX y nuestro días. Una parte del conjunto de cerca de cinco mil originales inéditos que forman parte de la donación del coleccionista a la institución madrileña. La exposición se articula en cinco grandes secciones. Una primera, Intolerancia. Una historia europea, sirve de prólogo, y trata de un mundo afectado por las consecuencias de la Gran Guerra, que dio lugar a un mundo de vértigo e incertidumbre, que estaría afectado, tras las numerosas víctimas humanas provocadas por el conflicto, por el surgimiento de los totalitarismos. 



El núcleo de la exposición son las secciones correspondientes a la Segunda República (España. Golpe de Estado y revolución) y el Franquismo durante la Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial (La España franquista en la Europa del Eje). Por un lado se muestra, la resistencia republicana y el violento proceso revolucionario en la retaguardia republicana ante el temor a la quinta columna en la capital, según el testimonio de José Moreno Villa, por otro la connivencia con el nazismo y el fascismo italiano del nuevo régimen español, demostrado por importantes documentos visuales originales: álbumes de fotos de la visita de Himmler a nuestro país; el encuentro de Franco con Hitler en Hendaya; banderas e medallas de la Legión Cóndor; mapas de los frentes en las batallas de Guadalajara y el Ebro; telegramas de Goering, Hitler y Mussolini por la victoria en la guerra; y finalmente, fotografías, mapas y documentos referidos a la División Azul.



No menos interesante resulta la sección cuarta denominada, Extirpar al enemigo, compuesta por dos partes, una referida a aquellos que marcharon al exilio, primero refugiados en Francia en las duras condiciones de los campos de concentración, a los que nos aproximamos con fotografías y pinturas o documentos de visados para México; otra formada por aquellos que identifican a un régimen dictatorial, anticomunista y católico, basado en la represión y la propaganda, además de la vigilancia y depuración de los ciudadanos. El último apartado, el quinto, La Institución Libre de Enseñanza y la Residencia de Estudiantes: persecución y resistencia, se refiere, primero a la represión, prohibición e incautación de los bienes de la institución educativa, de sus principios que informaron a los maestros en el periodo republicano, cuerpo gravemente atacado. Su legado pudo, de todas maneras, preservarse tanto por la resistencia en el interior, como la labor desarrollada de los exiliados en los países de acogida. Termina la exposición con el discurso de Fernando de los Ríos a los diputados de las Corte españolas refugiadas en México, que terminaba con una cita de Unamuno que clamaba por la esperanza al decir que Nacerá el alba, vendrá un mañana.



LA FOTOGRAFÍA DE HELEN LEVITT


 

La Fundación Mapfre de Madrid presenta la exposición, HELEN LEVITT, un recorrido por la trayectoria completa de esta fotógrafa estadounidense, a través de nueve secciones y alrededor de 220 imágenes. Una artista nacida en Nueva York de familia ruso-judía, a quien no le gustaba viajar sino centrarse en la los barrios más humildes de la Ciudad de los Rascacielos donde se formó y residió. Sus primeras fotografías se fechan de la década de los treinta, aunque ella mantiene su estilo peculiar casi durante toda su carrera. Sus fotografías no llevan título y su datación es aproximada. Trabajaba en la calle y captaba a sus gentes que hacían su vida a la puerta de su casas o cerca de los comercios. Se la denominó como fotógrafa de niños, aunque su espectro es más amplio; son las gentes en general situadas en distintos planos, interactuando unas personas con otras, o relacionados con algún elemento del paisaje urbano significativo. En un principio le influyó Henry Cartier-Bresson y la mirada surrealista, para crear imágenes en apariencia espontáneas y simpáticas, pero en el fondo ambiguas y enigmáticas, captadas con un realismo descarnado.



Gran parte de su obra es en blanco y negro, realizada con una cámara Leica, aunque a partir de finales de los años 50, empieza a utilizar el color. Un color brillante que resalta de unas imágenes nítidas para las que parece no ha pasado el tiempo; unas imágenes hoy icónicas, todas presentes en la exposición. Unas enmarcadas y otras proyectadas en forma de diapositivas, una de su forma preferida de dar a conocer su obra. En ellas llama la atención los encuentros paradójicos, los contrastes semánticos: niños que escalan una puerta decorada con columnas; una mujer gruesa encajada en una cabina telefónica con sus hijos pequeños; juegos interminables de niños en grupo o solitarios en las aceras y entre los coches aparcados; los grafitis escritos y pintados con tiza. La gran ciudad, por tanto, está llena de vida, no solamente en el interior de las modestas casas, sino en la calle, que se convierte en arte bajo la mirada original de Helen Levitt, que descubre con la cámara, convertida en un auténtico bisturí, una realidad superior, oculta que nos sorprende.



En los años cuarenta realizó con una amiga un viaje a Ciudad de México, bajo el ejemplo de Cartier-Bresson, el único que realizó al extranjero, donde supo captar desde su mirada personal las realidades sociales más crudas. La fotografía en color la ocupó durante las décadas de los sesenta y setenta. Desde  finales de la misma, volvió al blanco y negro, para situar su escenario en el metro de Nueva York.  Después, la artista siguió fotografiando de forma intermitente hasta principios de los años noventa, tanto en la ciudad como fuera de ella. Levitt, también se interesó por el cine, y dirigió el documental The Quiet One y codirigió, In the Street, sobre las calles del Harlem hispano, que prologaban en imágenes en movimiento aquello que había captado en fotografías. Unas obras que serían muy influyentes para el cine realizado por artistas como John Mekas y Andy Wharhol.




LA IMAGEN FOTOGRÁFICA DEL MUSEO DEL PRADO


 

El Museo del Prado presenta la exposición, EL PRADO MULTIPLICADO. LA FOTOGRAFÍA COMO MEMORIA COMPARTIDA, que reúne una selección de 44 obras entre las 10.000 que posee la institución para explicar la relevancia de este medio artístico en la difusión de sus colecciones de pintura y escultura, y en la construcción de su memoria visual desde el siglo XIX. Constituyen una pequeña muestra en la sala 60 destinada al programa Almacén abierto, que presenta abras de ese siglo con ejemplos que no siempre están expuestos desde nuevas perspectivas artísticas y técnicas. Las fotografías de reproducciones artísticas constituyen el grueso del patrimonio del museo, y de las que observamos en esta pequeña selección. Sabemos que el proceso fotográfico de las obras del museo comenzó a partir de 1860. Al principio las limitaciones técnicas del medio obligaron incluso a sacar las obras a la calle para tener una iluminación adecuada. Una vez obtenido el negativo, llegaba el positivo en distintos formatos estandarizados que permitían su comercialización entre público o los coleccionistas.



En un principio, la casa Laurent tuvo la exclusividad en la reproducción de las pinturas y esculturas. Podemos observar algunos ejemplos en formato tarjeta de visita, estereoscópica o más grandes. De todas las maneras, hay ejemplos de otros pioneros de la profesión, sobre todo de fotógrafos cuyas compañías se interesaron, mas adelante, por este tipo de reproducciones, como José Lacoste, Braun, Moreno, Anderson o Hanfstaengl. Las copias al principio fueron propias de la época, a la albúmina, al carbón o a la gelatina. La difusión de las colecciones tuvo un gran impulso con la generalización de la tarjeta postal a principios del siglo XX, favorecido por técnicas de impresión como la fototipia. Así, las pinturas del Prado no serían conocidas por unos pocos viajeros que lo visitaban, sino a nivel internacional por el público interesado. Además, de las imágenes de las obras maestras, se difundieron detalles de ellas a gran tamaño, objeto precioso para los investigadores.



Hay imágenes cuyo objeto son los espacios arquitectónicos del edificio, como La Galería Central o las salas de Murillo o de escultura, que poseen un alto valor documental e histórico, a la vez que revelan aspectos curiosos hoy desaparecidos como la disposición abigarrada de las pinturas en los muros, el mobiliario, o la presencia ocasional de visitantes o trabajadores en unas salas, que en los primeros tiempos de la fotografía solían aparecer vacías, cuando hoy es totalmente distinto, el recorrido en masa de turistas y grupos.



LA REPRESENTACIÓN DEL MUNDO


 

La Fundación Telefónica presenta la exposición, EL SUEÑO DE LA RAZÓN. DEL SIGLO DE LAS LUCES A LA INTELIGENCIA ARTIFICIAL, que a través de 300 obras procedentes del Museo de la Universidad de Navarra, se muestra desde las primeras representaciones del mundo mediante el dibujo y el grabado hasta la invención y desarrollo de las primeras manifestaciones fotográficas. Un recorrido que se pone en diálogo con tres obras realizadas con las nuevas tecnologías entorno a la Inteligencia Artificial. Se parte de la idea que los objetivos del ser humano, no solamente son representar la realidad, sino percibirla mejor y comprenderla. Esta necesidad, producto de un nuevo espíritu científico, se desarrolló notablemente desde el surgimiento de la Ilustración en el siglo XVIII, que concibe la razón como guía del pensamiento humano hacia el progreso continuo. Las primeras representaciones del conocimiento humano las encontramos en los 28 tomos de La Enciclopedia francesa, dirigida por Diderot y d´Alembert, donde los más diversos temas quedaron dibujados y grabados en imágenes.



En el mismo siglo XVIII, se realizaron numerosas expediciones científicas dirigidas al estudio de la Naturaleza, del reino animal, vegetal y mineral. Sus primeras imágenes las podemos descubrir  en la visita. Al mismo tiempo, observamos el interés hacia las disciplinas de la historia y el arte, englobadas con el nombre genérico de Antigüedades. Fruto de ese espíritu científico fue el descubrimiento de las ciudades romanas de Pompeya y Herculano. La Ilustración encontró en la cultura grecolatina un referente para sus pretensiones de regeneración social y política, sin obviar otras culturas como la egipcia, nabatea o precolombina, cuyo conocimiento salió a la luz, después de expediciones científicas y publicaciones sobre América y el Próximo Oriente, que la exposición muestra al público. En este ámbito, se recogen numerosas vistas de Roma, dibujadas y grabadas por Piranesi, arquitecto y erudito veneciano, centradas en sus famosas ruinas como en los edificios renacentistas y barrocos del entramado urbano, unas estampas muy apreciadas por los viajeros del Grand Tour.



El siguiente gran apartado del recorrido corresponde a los grabados de la Descripción de Egipto, realizados con motivo de la campaña de Napoleón en esa región a causa de la guerra contra Inglaterra por el control del comercio mundial. Una primera sección está dedicada a las ruinas de los templos y tumbas de la antigua civilización; otra al Egipto moderno, en concreto a El Cairo; y la tercera, a la flora y fauna. Dieciséis años después, el 19 de agosto de 1839, se anunciaba en la Academia de Ciencias de París, la invención de la fotografía, que supuso una revolución técnica en la representación del mundo. De esta manera, la exposición muestra, además de las primeras experiencias de Talbot y Atkins, las mismas iconografías del Próximo Oriente, bajo distintos procedimientos fotográficos, como el daguerrotipo, el calotipo y finalmente, el colodión, que suponía mejor difusión de la imagen a través del positivado el papel de albúmina. Las imágenes fotográficas ocupan tres grandes espacios del recorrido, donde nos encontramos, muchas veces los mismos lugares, una y otra vez captados en distintos momentos. Una visita que culmina con las imágenes realizadas por los primeros fotógrafos de estudio que se establecen en la región.

UN SIGLO DE LA CÁMARA LEICA


 

El Centro Cultural de la Villa, Fernán Gómez, presenta la exposición, LEICA. UN SIGLO DE FOTOGRAFÍA, que forma parte de los actos conmemorativos de los cien años desde la presentación de la cámara Leica I en la Feria de Leipzig de 1925. Una cámara inventada por el técnico y fotógrafo aficionado, Oskar Barnack, y fabricada en serie por el empresario Ernst Leitz, asumiendo un riesgo importante que resultó provechoso, pues supuso una revolución en el medio desde ese momento, al utilizar una película de 35 mm, horizontal. Los pesados aparatos pasaron a ser ligeros y portátiles para captar la realidad de la calle y cualquier acontecimiento relevante que sucediese. Por estas razones, y por la calidad de las imágenes resultantes, en imprescindible para los grandes fotógrafos del siglo XX, hasta nuestros días. Aquellos que buscaban reflejar un instante afortunado, o la crudeza de los enfrentamientos bélicos.



Sabemos que fue la cámara empleada por Robert Cappa, Agustí Centelles y Antoni Campaña, en la Guerra Civil española, de la que la presente exposición muestra dos imágenes icónicas. Fue, por tanto, esencial, para el fotoperiodismo contemporáneo que se abría paso por aquellas fechas. Los fotógrafos españoles de posguerra, igualmente la emplearon, como Oriol Maspons, Joan Colom, Ricard Terré, Gabriel Cualladó, Gonzalo Juanes, Alberto Schommer, Ouka Lele, Cesar Lucas, Navia, Paco Gómez, Alberto García-Alix, y un largo número de ellos de los que se muestran imágenes. Lo mismo podemos decir de los maestros internacionales, con fotografías icónicas de Elliott Erwitt, Sebastiao Salgado, René Burri, Steve McCurry, Bruce Davison, Joel Meyerowitz, y Alberto Korda, entre otros, representado por el retrato más famoso del Che Guevara.



La presente exposición se organiza en distintas secciones temáticas, desde las primeras imágenes del archivo de la marca, hasta mostrar imágenes de la gente, la sociedad, la calle, el paisaje, o la mujer. Una sala específica está dedicada a los distintos modelos y aportaciones realizadas por Leika a lo largo de la historia. Una cámara gigante es el centro de la misma. En un lateral, los distintos modelos que salieron al mercado hasta la actualidad. En la pared del fondo nos cuenta su desarrollo. Sabemos que sus innovaciones aparecen recientemente en las cámaras de los móviles, y como complementos de otras marcas proporcionando un prestigio añadido, que como sabemos, ha sido labrado a través del tiempo, desde hace cien años, añadiendo fiabilidad y prestigio, para una cámara de alta gama.



LAS IMÁGENES DE GABRIELA ITURBIDE


 

La Fundación Casa de México en España presenta la exposición, GRACIELA ITURBIDE. CUANDO HABLA LA LUZ, que reúne un conjunto de 115 obras en tamaño grande, de series realizadas en su mayoría a lo largo de la geografía de su país, aunque hay ejemplos tomados en Europa e India, entre 1972 y 2017. Una muestra en la que el visitante no queda indiferente mientras observa la originalidad y brillantez de sus imágenes. Unas imágenes fruto de la captación de un instante irrepetible, como de posados preparados por la artista. A lo largo del recorrido podemos comprender su intencionalidad, como se ha dicho, de lo real a lo onírico y de la vida a la muerte. También, tiene como objetivo, en consecuencia, la búsqueda de lo surreal, una visión que proviene del subconsciente, que encuentra y obtiene de la realidad misma, que se convierte en simbólica o fantástica. 



 Graciela Iturbide documenta, sin grandes deformaciones formales, la realidad del pueblo mexicano, los interiores domésticos, las costumbres y ritos que provienen de las culturas prehispánicas, en un paisaje natural o urbano de enorme atractivo. Recordamos la imagen de una mujer adentrarse en el desierto de Sonora con un radiocasete en una de las manos; aquella mujer con iguanas en la cabeza como una auténtica diosa antigua; sus propios autorretratos, uno con serpientes, otro con pájaros muertos que sitúa frente a sus ojos; y muchos retratos, gran parte de ellos con el rostro tapado con máscaras, o de mujeres de espaldas donde sobresale su largo cabello, otros en cambio, captan personajes travestidos. En algunas imágenes parece que valorase mejor la presencia desconocida o incierta del retratado que su verdadera identidad. A veces el detalle de unas piernas o unos pies constituye el asunto principal. 




El ser humano convive con los animales, y por tanto, están presentes en su fotografías, como futuro alimento antes de ser sacrificadas o en vías de preparación para su venta como carne. Igualmente, muchas aves en plena libertad formando bandadas que construyen geometrías en el cielo, que contrastan con las formas de árboles o postes telegráficos. La naturaleza desértica de muchos lugares resaltan la presencia de niños y adultos, en medio del polvo o del llano vacío. En medio de la soledad, se alzan las formas prominentes de cactus enormes. La mejor enseñanza de Graciela Iturbide en saber ver la realidad, en descubrir y combinar los elementos visibles a nuestros ojos, trasuntos de la memoria que puebla nuestro inconsciente y de la propia intrahistoria del tema representado.



LOS RETRATOS DE NICHOLAS NIXON


 

La Fundación Mapfre de Madrid presenta la exposición, NICHOLAS NIXON. LAS HERMANAS BROWN (1975-2022), una pequeña pero significativa muestra de la serie completa de retratos que realizó desde la primera fecha, y anualmente, a su mujer y sus cuñadas. Son cuarenta y ocho fotografías en blanco y negro realizadas con una cámara de gran formato y luz natural. La mayoría son de medio cuerpo, y muestran, el paso del tiempo, una realidad visible, sin duda, y otra, oculta, llena de emociones tras esos rostros expresivos, a veces captados a contraluz. La continuidad de la vida aparece con un progresivo envejecimiento donde se mantienen los vínculos familiares y afectivos. 



Nicholas Nixon representó a su mujer Bebe, y a sus cuñadas, Heather, Mimi y Laurie, siempre en el mismo orden. La primera, era la mayor, de 25 años cuando comenzó la serie. La más joven, Mimi, tenía 15, y siempre aparece junto a ella en el centro de las composiciones. Las demás tenían veintitantos. Hoy, tras casi veinticinco años, tres se encuentran en la setentena, y la pequeña pasaría de los sesenta. Al principio, todas rebosan una juventud similar, luego el paso del tiempo ha hecho mella en sus rostros. Seguramente, han tenido una vida individual intensa, con sus propias familias respectivas, pero, los lazos primigenios, se mantienen inexorables. La exposición, por tanto, permite conocer una experiencia personal del fotógrafo y sus allegados, y además, una creación estética propia del mundo contemporáneo.