La pandemia del COVID mostró la fragilidad del ser humano. Un virus desconocido fue capaz de paralizar la actividad y confinar a las personas para protegerlas del contagio. Llegó de improviso como una enfermedad desconocida, primero en China, luego rápidamente se extendió por todo el mundo en dos meses. La globalización económica, las millones de viajes a lo largo y ancho del planeta favorecieron su expansión. Gracias a la OMS y la coordinación política entre los países se pudo lograr una vacuna y distribuirla entre la población para combatir tan desconocida amenaza. Hasta hoy ha causado millones de muertos, y producto de las vacunas, se ha incorporado a la lista de enfermedades de las que nos podemos contagiar sin llegar a matarnos. Nos preguntamos que pasaría si un virus, también similar al de la gripe, muy letal, no llegase a ser controlado. El fin de nuestra civilización estaría servido, y sólo unos pocos elegidos sobrevivirían en medio del caos y la destrucción. Tal distopía nos la cuenta la película, LA CONSTELACIÓN DEL PERRO, dirigida por Ridley Scott, basándose en la novela de Peter Heller.
Desde siempre los humanos hemos mirado al Universo, la inmensidad de estrellas y su disposición formal en el cielo. Nos permite observar una inmensidad espectacular que contrasta con nuestra soledad. Es lo que hace Hig, uno de los protagonistas, mecánico y aviador, de los pocos supervivientes a un virus que mató a su joven esposa en Denver. Ahora sobrevive en un aeropuerto perdido entre las montañas junto a Bangley, un hombre curtido en la guerra y experto en armas. Su rutina es proteger el perímetro de la base ante el temor de ser atacados por otros supervivientes al virus enloquecidos por la necesidad, mientras vuelan de vez en cuando para vigilar y obtener alimentos y medicinas. Un día, Hig oye en la radio un extraño mensaje de un lugar que podría suponer una mejora en sus condiciones de vida, sin estar aislados y con riesgo de ser atacados por hordas de desarrapados. Bangley piensa que tal lugar no existe ya, por lo que Hig se lanza solo a la aventura para llegar allí, pero en el camino la avioneta se avería, obligándole a un aterrizaje forzoso.
Hig logra, entre montañas, en un cañón perdido ponerse a salvo. Parece un lugar idílico, donde encuentra una familia formada por una joven doctora y su abuelo, que viven en un antiguo rancho de ganado. Son reacios, por los peligros a ser atacados, a acogerle, pero pronto descubren las buenas intenciones de Hig, que son reparar la avioneta y despejar el monte para continuar la marcha. Entretanto, reciben un fiero ataque de gente a caballo rabiosa, que les obliga a todos a partir en la avioneta hasta el supuesto lugar idílico donde el protagonista pretendía llegar. Tal sitio, con un magnífico aeropuerto con vigilancia e instalaciones, era solo buena apariencia, pues reunían un conjunto de gentes depravadas capaces de comer a sus semejantes. Entonces, deciden volver al lugar de partida de Hig, que encuentran destruido, aunque Bangley ha logrado sobrevivir ante un fiero ataque de desalmados. Al final, deciden partir a donde vive una comunidad religiosa, la localización más seguro, y allí, apartados entre colinas, poder ayudarse mutuamente, mientras florece de nuevo aquel afecto perdido por la muerte que trajo la epidemia.


