FÁBULA DE LA ASISTENTA


 

Cada vez más personas mayores requieren ayuda en nuestras sociedades envejecidas. Viven solos en sus lugares de residencia rodeados de sus recuerdos. Apenas les visitan sus familiares, y son las asistentas, las únicas que les resuelve sus necesidades de cada día. No sólo las referidas a la limpieza o la alimentación, sino también, las afectivas en la mayoría de los casos. Solamente un pequeño intercambio de palabras, o ser el respaldo a quien recurrir en un momento de temor, pude ser suficiente para crear un lazo duradero. De todas las maneras pueden surgir problemas en esa relación especial, motivados por las necesidades económicas, como le sucede a la protagonista de la película, MI QUERIDA LADRONA, dirigida por Robert Guediguian, que para pagar los estudios de piano de su nieto, les roba a sus mayores pequeñas cantidades de dinero sin que éstos se den cuenta, mientras viven encantados por su dedicación y esfuerzo diario.



María, la protagonista, se ocupa de tres grupos de mayores: de una señora que vive sola con su pequeño perro; de una pareja de ancianos que cada día visitan el lugar donde la mujer se despidió del amor de su vida durante la guerra mundial; y sobre todo, del señor Moreau, viudo y en silla de ruedas, cuyo único hijo apenas le habla, solamente interesado en que venda su casa a la que tiene derecho. A todos les roba distintas cantidades, especialmente al último, a quien ha cargado el alquiler del piano que utiliza su nieto para prepararse para un concurso, que proyectaría su carrera como intérprete. También, una docena de ostras cuando le compra pescado y se lo prepara según sus indicaciones. Ella no puede afrontar estos gastos pues su marido está lleno de deudas por su afición al juego, y su hija, se mantiene del sueldo de camionero de su yerno. Además, hace tiempo que compraron una casa con piscina, que apenas pueden mantener.



Esta circunstancia se descubre cuando Laurent, el hijo del señor Moreau, descubre los gastos extraordinarios de su padre, y María necesita más dinero para pagar un profesor particular de piano para su nieto. La situación se complica cuando Jennifer, la hija de María se entera de los robos de su madre, y decide devolver el dinero, pero cae enamorada de Laurent, que decide no denunciar las sustracciones. Será su pareja despechada quien lo haga. Entonces, María es despedida y apartada de los mayores a quien cuidaba. Será el señor Moreau, enterado de todo, quien vaya a la comisaría de policía y les informe que no fue un robo, que él firmó los cheques, y no María. Además, recitando un poema de Víctor Hugo, les diga que prima la solidaridad y la ayuda a los necesitados sobre cualquier consideración. Al final, las aguas vuelven a la calma, María seguirá a su servicio, porque, lo mismo que a los mayores les sustrajo pequeñas cantidades, les daba amor con delicadeza y comprensión con bondad, superior a los comportamientos malvados de muchos.

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