Las guerras se sabe cuando comienzan, y hasta cierto punto sus razones o los motivos para iniciarlas, pero no cuando terminan. Las consecuencias para el destino de los seres humanos son fundamentales. Así está escrito desde los orígenes de nuestra civilización occidental en forma de mitos, como nos contó Homero en sus dos poemas épicos, La Ilíada y La Odisea, centradas en la guerra de Troya, donde héroes y hombres, según lo establecido por los dioses, se enfrentaron en una larga contienda. Fue el regreso de Ulises a su patria, Ítaca, el tema del segundo, tras superar numerosos obstáculos por el camino. Allí llegó a sus costas maltrecho y herido física y espiritualmente para encontrarse con su esposa Penélope y su hijo Telémaco. Nos lo cuenta la película, EL REGRESO DE ULISES, dirigida por Uberto Pasolini, centrada en los esfuerzos para hacerse de nuevo con el poder en la isla de la que era rey.
Ulises fue uno de los héroes griegos victoriosos en Troya. Ideó la estratagema de fabricar un enorme caballo de madera para entrar en la fuertemente amurallada ciudad asiática. Pero el regreso a su tierra por mar fue accidentado, lleno de los más diversos peligros que diezmaron a sus compañeros de lucha. En Ítaca, se encontró su reino arruinado. Su mujer, Penélope esperaba su regreso mientras era pretendida por despiadados guerreros para hacerse con sus riquezas. Un porquero le ayudó a recuperarse de sus heridas, y le informó de la situación. Él se consideraba ya otro hombre tras el largo y despiadado combate en la guerra. Se consideraba culpable de las muchas muertes producidas. También había perdido aquellos compañeros que le siguieron. Ante la situación desesperada del pueblo y el vandalismo de los pretendientes, decidió actuar, pues incluso querían asesinar a su hijo Telémaco.
Ulises con ayuda el porquero y vestido como un mendigo, logró introducirse en el palacio. Penélope tejía un vestido por el día, que por la noche deshacía. Era un manto para la boda, que tras su elaboración, sería el momento de decidir a quién escogería. Un día hablaron entre ellos, sin saber Penélope su identidad, interesada porque contaba haber luchado en Troya. La vieja nodriza cuando le aseaba tras la charla con su señora, le reconoció por unas cicatrices de su infancia. Pero le prometió que no diría nada. Posteriormente, Penélope comunicó a los pretendientes que era incapaz de escoger un nuevo marido e ideó una prueba para elegirle. Deberían primero tensar el arco de Ulises y luego disparar una flecha que atravesase unas hachas en fila con un agujero. Ninguno lo pudo hacer salvo el mendigo, que incluso logró completar la prueba. De esta manera, pudo descubrir su verdadera identidad, instante que aprovechó para matar a todos los pretendientes que habían puesto en jaque a su mujer y a su reino.