EL HIJO HUMANOIDE


 

Las máquinas están presentes cada vez más en nuestras vidas. Unas máquinas que se han ido perfeccionando a ritmo vertiginoso. Tienen como finalidad hacer nuestras tareas más fáciles. El desarrollo de la Inteligencia Artificial ha supuesto un avance exponencial tras el descubrimiento de su capacidad de aprendizaje mediante la asimilación de numerosos datos provenientes de internet. Nos han asombrado, así, su capacidad de resolvernos tareas de todo tipo y convertirse en consejeros, compañeros, y hasta psicólogos siempre a nuestro servicio. Pero, por otro lado, también, han mostrado un cierto peligro cuando toman decisiones por sí mismas, sin indicación expresa de ningún ser humano. Todos hoy nos preguntamos si la civilización tal como la conocemos podría ser destruida por estas máquinas autosuficientes y con mucho más capacidad que nosotros. Este es el contexto de la película, KAKERU, escrita y dirigida por Hirokazu Koreeda, que cuenta que en un futuro próximo una pareja que ha perdido un hijo tras un accidente puede volverle a tener en forma de un robot con sus mismos rasgos físicos y el mismo carácter.



Otone, una de las protagonistas, es arquitecta, que junto a su marido, Kensuke, sufren tras dos años, el duelo por la pérdida de su hijo en un accidente en las vías del tren cuando volvía solo a casa. Para compensar su ausencia, deciden aceptar, una promoción de humanoides para sustituirle de forma gratuita. Tendría la edad de su hijo cuando murió, los mismos rasgos físicos, pues tuvieron que enviar a la empresa fabricante, vídeos y fotografías con su imagen e incluso sus ropas que conservaban. Pronto descubren sus altas capacidades de aprendizaje y empatía. Otone, la madre, se siente entusiasmada al principio, pues le proporciona el afecto perdido y es fácil de manejar: se recarga sentado en una silla y lo puedes desconectar con un botón. El marido, en cambio, le rechaza, a pesar de ser una copia exacta de su hijo, y se niega a que le llame padre. Pronto, sin embargo, lograrán tener una relación adecuada con él cuando proyecten sus emociones y sentimientos, aquellos momentos íntimos que tuvieron con su hijo desaparecido.



Tanto Otone como Kensuke, con el tiempo, se dan cuenta que no es su hijo, que es una sofisticada máquina capaz de adaptarse a ellos y aprender; tener la suficiente autonomía para ponerse delante de ellos y descubrir sus contradicciones. Kakeru les llega incluso a tranquilizar cuando se muestran sus debilidades: las de la madre que está pensando en devolverle tras descubrir que no se adapta a tener hijos, y las del padre, quien fue el culpable indirecto de que su vástago tuviese un accidente al entretenerse jugando con sus compañeros. Al final descubren lo mejor del niño, su capacidad de hacerles felices, pero también que tiene una autoconsciencia independiente, de vivir junto a otros robots abandonados o maltratados por otros humanos. De esta manera, le ayudarán en su proyecto de convivencia en un bosque remoto, en una casa construida encima de un árbol centenario, la mejor expresión en la naturaleza de lo que ellos sienten como máquinas autónomas en contacto invisible con una comunidad de seres semejantes. 

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