Entorno a los ríos Éufrates y Tigris, en la antigua Mesopotamia, surgió la civilización sumeria y numerosos pueblos la habitaron aprovechando las riquezas naturales. De todas ellas, hoy solamente quedan espectaculares ruinas y yacimientos arqueológicos escondidos bajo las arenas del desierto. Tras el colonialismo nació el país que denominamos Irak, a cuyo frente estuvo, durante la Guerra Fría, el régimen de Sadam Husein, una dictadura personalista, cuyas ambiciones territoriales acabaron por enfrentarle a EEUU, y causar su derrocamiento. Recordamos las dos guerras en los años noventa con los norteamericanos, previas sanciones económicas, bombardeos, y finalmente la invasión de una coalición internacional. El país todavía no se ha recuperado en nuestros días, sumido en la inestabilidad provocada por el vacío de poder tras la caída de Sadam. La película, LA TARTA DEL PRESIDENTE, dirigida y escrita por Hasan Hadi, cuenta la peripecia de una niña por encontrar los ingredientes de una tarta que tiene que hacer para llevar a la escuela con motivo del cumpleaños del presidente en medio del embargo económico y los primeros bombardeos estadounidenses.
Durante el régimen de Sadam Husein existía el culto al líder. Su imagen se encontraba en las calles, comercios y escuelas, y se celebraban los eventos fundamentales de su vida. Es lo que sucedía en la escuela de Lamia, la niña protagonista, que con motivo de su cumpleaños, los maestros organizaban un sorteo para elegir los nombres de los alumnos que tendrían que traer o preparar alimentos y adornos. Suponía un auténtico castigo para quien le tocaba, pues la mayoría de ellos eran pobres, vivían en casas humildes en las marismas del río. De esta manera, a Lamia le tocó preparar una tarta. Una ardua tarea porque tendría que buscar los ingredientes en la ciudad lejana en plena época de escasez por el embargo económico. A dos días de la celebración, ella, su mascota, el gallo, Hindi y su abuela con la que vivía, marchan en su búsqueda. Se inicia, entonces, una peripecia, que es el grueso de la película. La abuela, de improviso, decide que es el momento de dejar a la nieta con una familia, ya que no la puede cuidar. Lamia, al enterarse, se escapa y se va al parque de atracciones donde se encuentra su amigo, Saeed, que se dedica a robar junto a su padre cojo.
El recorrido de Lamia, su gallo y Saeed, unas veces juntos y otras, sola, es un muestrario de las miserias y la vida precaria de Irak en aquella época. Tienen que escapar de la policía; conseguir dinero vendiendo un viejo reloj de su padre; subir unos sacos pesados a cambio de huevos; robar harina; recatar de un carnicero a su gallo que iba a ser sacrificado, para terminar en el calabozo. Mientras su abuela la busca desesperada por todos los lugares, pero su estado de salud la lleva al hospital. Un hombre piadoso le ayuda para encontrar a su nieta, pero muere en ese intervalo. Al final, la niña y el cadáver, junto con los ingredientes de la tarta, regresan a la humilde aldea. Al día siguiente celebran el cumpleaños de Sadam en clase, pero al mismo tiempo, los aviones norteamericanos, la bombardean sin piedad. Queda claro que el castigo al régimen autoritario se convirtió en un otro a su pueblo, reprimido y obligado por la corrupción del dictador. Por otro lado, merece la pena destacar la forma precisa y humana que tiene el director de contarnos la historia de Lamia y su gallo, junto a unas bellas imágenes de un país que guarda los restos de la historia antigua. El conjunto le hizo merecedor del premio Cámara de Oro en el Festival de Cannes.


































