En la pintura, en el arte en general, se puede establecer una oposición fundamental entre el original y la copia. El valor del primero tocado con el aura de la mano del maestro y el menor interés del segundo por ser su autor un discípulo o un seguidor de quien ha sido su creador original. En algunas ocasiones se ha dicho que la copia no desmerece el original, en relación a aquellas realizadas por otros maestros relevantes que se han propuesto seguir los desafíos del primero y aprender sus principales virtudes. Otras veces, un alumno aventajado, muy próximo en el tiempo o proceder del mismo taller, nos muestra una obra similar, de igual interés. Por otra parte, cuando no se trata de emular o desarrollar un desafío, sino hacer pasar una obra original por otra, hablamos de falsificación, un caso que lo comprobamos con precisión en el ámbito de los billetes de banco, donde las copias pretenden tener el mismo valor que el original, ser iguales, a pesar de no haber sido realizadas por la entidad emisora, y presentar errores, pero pudiera ser el caso que la falsificación fuera indistinguible, e incluso superar en calidad a los billetes originales. Este hecho nos lo cuenta la película, LA COPIA PERFECTA, dirigida por Jean-Paul Salomé, centrada en la figura del refugiado polaco e ingeniero, Jan Bojarski, que llegó a ser conocido como el Cézanne de la falsificación.
Jan Bojarski huyó de las consecuencias de la guerra mundial a Francia. Durante la contienda trabajó para una organización criminal, falsificando pasaportes. Una vez terminada, pensó dedicarse a patentar inventos, pero su condición de refugiado extranjero, y sin papeles, le impedían ganarse la vida con ellos. La falta de dinero le hizo caer de nuevo en el submundo criminal, cuando la misma banda para la que trabajó, le ofreció dedicarse a falsificar billetes de banco. Sus cualidades técnicas y artísticas le permitieron conseguir copias muy logradas, lo que provocó que las autoridades se diesen cuenta rápidamente del número de falsificaciones en circulación, y comenzase una investigación para descubrir a los causantes. La investigación, al final, tuvo éxito, y la policía sorprendió a la banda en su lugar de reunión, pero no pudo detener al protagonista, ni las placas de impresión de los billetes. En ese momento decidió llevar su actividad en solitario para correr el menor riesgo. Durante 15 años, Bojarski siguió falsificando billetes grandes. En principio, no lo sabía ni su mujer, hasta que ella logró sacarle la confesión de su actividad ilícita, el modo de obtener dinero que les permitía mantener su nivel de vida.
Suzanne, después de descubrirle, le pidió que lo dejara, que ya tenían suficientes recursos para vivir, y que podía trabajar en su vocación de inventor al conseguir los papeles. En paralelo, Mattei, el policía al mando de encontrarle, unía un fracaso tras otro, mientras el banco emisor tenía que cambiar el diseño de los billetes cada dos años para atajar el volumen de falsificaciones. Bojarski, en cambio, continuó año tras año, hasta el punto, que fabricaba el papel, proveniente del utilizado para fumar, y desarrolló la maquinaria de impresión. Cualquier mejora en el dibujo o complejidad en el diseño, lograba imitarla, y superarla. Pero llegó un momento en el que la policía estaba cerca. Había descubierto de donde obtenía el papel y vigilaba los puestos de venta. Sabía que viajaba en tren para blanquear los billetes falsos y obtener el papel. Un día casi le detienen en un bar vigilado. En otra ocasión, Bojarski logra hablar con el propio Mattei, que no se había dado cuenta que era él. De esta manera, la máxima dificultad va a ser el billete de 100 francos con la cara de Napoleón, que él copia con sobresaliente perfección.
Bojarski, en este punto, piensa en abandonar. Ya tiene un nivel de vida elevado. Han sido millones de francos los que ha puesto en el mercado a lo largo de los años. Sin embargo, un día un antiguo amigo, también refugiado, le pide dinero para satisfacer unas deudas. Tiene que contarle su secreto, y ofrecerle que trabaje para él, encargándose de colocar el dinero, siguiendo el procedimiento, un billete en lugares distintos, sin ser ostentoso. Sin embargo, sus numerosas deudas y desesperación, le obligan a ir a un banco con un fajo de dinero falso para comprar bonos. Avisada la policía, que estaba pendiente de los números de serie, propician su detención, y posterior confesión de quién era el falsificador y dónde residía. Jan Bojarski, sería detenido en su casa, y descubierto su taller oculto. Tras ser condenado, pasaría 13 años en la cárcel, de la que saldría libre para compartir en resto de su vida con la familia a la que tanto había descuidado. Junto a los títulos de crédito de la película, aparecen imágenes reales en blanco y negro del protagonista trabajando en los billetes falsos.




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