Si reflexionamos sobre el paso del tiempo en un grupo familiar, podemos fijarnos en la casa que habitaron y el entorno natural. Descubrimos que se mantienen más o menos sin grandes cambios, mientras se han sucedido las distintas generaciones; cómo los espacios fueron ocupados por los abuelos y bisabuelos para pasar a los hijos, primos y nietos; y el trabajo agrícola ha evolucionado con las mejoras técnicas aplicadas. Además, se ve la incidencia de los hechos históricos y políticos de fondo a estos procesos. Esto les sucede a los protagonistas de la película, EL SONIDO DE LA CAÍDA, escrita y dirigida por Mascha Schilinski, que cuenta la vida y las sugestiones de cuatro jóvenes de épocas distintas pertenecientes a la misma familia localizada en una granja en el norte de Alemania durante cien años desde comienzos del siglo XX, que parecen heredar problemas y sensaciones del pasado.
Las cuatro jóvenes van descubriendo la realidad a la par que experimentan o son testigos de lo que ocurre a su alrededor. El relato se presenta entrelazado entre las distintas épocas a través de miradas femeninas, silenciadas o dependientes de las decisiones masculinas. El primer momento temporal corresponde a los prolegómenos de la Primera Guerra Mundial. Alma, una de las hijas más pequeñas de la familia, es testigo de cómo los padres lesionan gravemente al hijo varón para que no sea reclutado; también cómo toma conciencia de la muerte, por la costumbre de la familia de rezar ante las fotos de sus parientes recién fallecidos; además de la servidumbre sexual a la que se someten las criadas a cargo de sus compañeros o dueños, padecimiento que sufrirá su hermana mayor, que por una mala cosecha, será entregada a los señores de otra familia, sometimiento que la conducirá al suicidio.
El drama continúa en las distintas épocas. Erika está obsesionada con su tío que yace cojo en la cama mientras tiene que ayudar a las tareas de la casa. Son los años cuarenta, tras la Segunda Guerra Mundial. Su huida por el río, le hará perder su vida. Angelika vive ya en lo que fue la Alemania comunista. El río próximo a la casa es la frontera con el oeste capitalista. Ella es una joven adolescente inquieta acosada por su primo y su tío con los que practican la natación. Su madre lleva en el carácter, nunca ríe, la tragedia de su hermana Erika en el pasado. Un día, en el mismo momento de la foto familiar, escapa definitivamente de este entorno. En la última época, la actual, un joven matrimonio con dos hijas han llegado de Berlín a la casa para reformarla. Las dos hijas y la madre disfrutan del verano en el bello entorno natural de campos y bosques junto a río que fluye constante. Las dos hijas reviven en sus consciencias y en sus cuerpos, aquellas violencias y dramas que sintieron sus antepasadas: el riesgo de la muerte por suicidio o accidente; la ausencia de un allegado; y la realidad del deseo masculino. Este argumento, y la forma visual que emplea, tanto en el montaje, el sonido y la composición de la imagen, le hizo merecer el Premio del Jurado en el pasado Festival de Cannes.



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